Buenavida

Marcela del Río, una chilena 100 % guayaquileña

Su aporte a la cultura y su cercanía a las costumbres del Puerto Principal hablan del amor a la ciudad y al país que la acogieron hace tres décadas.

Marcela del Río
Marcela del RíoChristian Vinueza

Su hablar es sereno, afable, casi acogedor. El acento de su país natal, Chile, lo perdió pronto en el camino. Se adivina en ella algún dejo que hace referencia a Perú, donde creció, estudió y empezó su vida laboral. De allí provienen sus recuerdos estudiantiles, su título en Ciencias de la Comunicación y la experiencia de sus primeros trabajos. Aun así, cuando va de visita, cuenta que le dicen que “habla como guayaquileña”.

Algunos tendrán sus objeciones. Pero es innegable el amor que siente por esta ciudad a la que llegó hace tres décadas en compañía de sus cuatro hijos.

No era para ella una tierra extraña. Su madre, María Piedad Hidalgo, fallecida en el vecino país en 1987, era ecuatoriana y Marcela solía venir de vacaciones a visitar a sus familiares. Aquí estaban sus hermanos por el lado materno, con quienes siempre ha tenido una excelente relación.

Cuando pisó tierras ecuatorianas, en los años 90, Perú vivía una historia complicada. “Era el ingreso al poder de Alberto Fujimori. Gran cantidad de peruanos que trabajaban en medios de comunicación recibieron ofertas en Ecuador”. Ella vino para laborar en el entonces Canal 4, junto a Carlos Muñoz, presidente de la empresa, y fue recibida amorosamente por los suyos.

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“En los primeros meses después de mi llegada, subí algunos kilos de peso. Eran muchos los engreimientos y las atenciones de familiares y amigos, cada cual se esmeraba en hacerme probar las delicias de la comida típica”, recuerda con una sonrisa.

Desde entonces quedó grabado en ella el gusto por el ceviche de camarón, el caldo de bola, la guatita, la cazuela... Pero no solo la cautivaron los manjares de la exuberante gastronomía de esta ciudad. Marcela ha hecho suyas costumbres como la celebración de fin de año “con los famosos testamentos, tan creativos”, y la quema de años viejos, de la que dice “no concibo un 31 de diciembre sin ese estruendo fabuloso, lleno de mucha adrenalina”.

Se rinde también ante los serenos, las posadas navideñas con los niños cantando villancicos, y el desfile náutico por el río Guayas “engalanado con imágenes y banderas que demuestran el alborozo de la gente”.

Marcela del Río
Marcela del RíoChristian Vinueza

Aun así, en medio de esta algarabía, le resulta difícil llenar el vacío que deja la distancia que la separa de tres de sus cuatro hijos y ocho de sus diez nietos. “El mayor está en México, una en Panamá y la menor en Galápagos. Los tengo repartidos y los veo esporádicamente. Aquí está mi tercer hijo con dos nietos”. ¿Qué la convenció de quedarse en esta ciudad ruidosa y complicada? “Me gustó mucho el plan profesional, porque sentí una gran calidez a todo nivel. Fue fácil adaptarme”.

Y entre una y otra ocupación conoció a Oswaldo Molestina, con quien hace diez años decidió formar un hogar que completase un espacio importante de su vida personal. “Nos casamos en Galápagos, fue muy romántico”, recuerda con ilusión.

Desde entonces, esta es su ciudad y jurar la bandera era casi un paso obligado. En servirla pone todo su empeño. Por eso, su labor como presidenta del directorio de la Fundación Sociedad Femenina de Cultura (fue reelecta este año para el periodo 2020-2022) es motivo de orgullo. “La institución es parte de la historia de Guayaquil. Con 54 años de historia, tiene un ADN marcado por esas mujeres valiosas y luchadoras que la sostienen”.

“El arte cambia vidas. Es definitivo. Da una disciplina, un norte. Lo vivimos a diario”.

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Atravesar por los efectos de la pandemia fue una gran prueba y demostró la validez de sus palabras. Ni en sus peores pesadillas, dice, había imaginado una situación tan dura, a la que no duda en describir como “una de las más difíciles” de su vida. “Fueron meses sin actividades ni fuentes de ingresos. Y está la responsabilidad adquirida con el programa social Semilleros para la formación artística de chicos de escasos recursos, así como las diferentes escuelas”.

Con el apoyo de la empresa privada y ante la certeza de que aunque cerrar las puertas era una posibilidad pero jamás una opción, empezaron a elaborar las estrategias. Hasta que salió a la luz la idea de incursionar en lo virtual.

“Todo mutó, no así la entrega y el trabajo del personal. Salir de un escenario a una plataforma en línea no fue sencillo. Pero el resultado fue estupendo y hoy en día seguimos funcionando”.

La tormenta está pasando. Todavía hay rezagaos, pero ya se vislumbran grandes momentos para poder celebrar a Guayaquil en sus fiestas julianas.

¿La lección aprendida? “La unión hace la fuerza”, responde sin demora. Esta no es un enseñanza nueva. La ha aplicado siempre, a lo largo de su vida, y hoy es la premisa que le permite ser parte de la historia de una ciudad por cuya difusión cultural está dispuesta a seguir luchando.

En blanco y negro

  • Un mundo sin arte es... Un mundo vacío.

  • Si Guayaquil, fuese una pieza de ballet se llamaría... Guayaquil ayer, hoy y siempre.

  • Si su vida fuese un libro el título sería... La intensidad de las convicciones.

  • Le gustaría que su retrato reflejara... Mi auténtica personalidad.

  • Y que el pintor fuese... El impresionista contemporáneo español José Royo.

Personal

  • Fue vicepresidenta del directorio de la Alianza Francesa de Guayaquil. Recibió la Orden de las Palmas Académicas en reconocimiento a su empeño por difundir la francofonía.
  • Elegida presidenta del directorio de la Sociedad Femenina de Cultura en 2018, fue reelegida para el periodo 2020-2022.