
Por qué cuesta concebir hoy: pequeños cambios pueden abrir una puerta cerrada
Cuando el anhelo de ser padres tarda, el cuerpo suele enviar señales que vale la pena escuchar con atención
Hay silencios que pesan. La espera se convierte en una mezcla de esperanza y miedo. Muchas parejas jóvenes, sanas en apariencia, se preguntan qué ocurre. Cada mes inicia con expectativa y termina con dudas. ¿Qué estamos haciendo mal? ¿Será la edad? ¿Necesitaremos algún tipo de tratamiento?
La Dra. Islandia Paredes, médico cirujano especialista en ginecología y obstetricia, con subespecialidad en embarazo de alto riesgo, escucha estas inquietudes con frecuencia. Su enfoque parte de una idea clara: antes de pensar en procedimientos avanzados, el cuerpo necesita preparación. Por eso, SEMANA conversó con ella para poner sobre la mesa respuestas que muchas parejas se formulan en la intimidad, pero que pocas se atreven a expresar en público.
Factores silenciosos que afectan la concepción
Aunque muchos médicos no lo planteen en consulta, ciertos hábitos asumidos como rutinarios pueden afectar la capacidad de fecundación, tanto en hombres como en mujeres. La especialista explica que hoy existen factores cotidianos que influyen de manera directa en la fertilidad.
La carga tóxica ocupa un lugar central. No solo depende de la contaminación ambiental. También se relaciona con lo que cada persona consume y aplica sobre su piel. “Tenemos injerencia sobre el tipo de productos que metemos en nuestro cuerpo, el champú que usamos, las cremas, los esmaltes, los procesos a los que sometemos el cabello o las uñas”, señala.
Menciona el uso frecuente de uñas con luz ultravioleta como ejemplo. “Eso implica una carga tóxica importante. Sobrecarga el hígado y puede afectar el proceso de fecundación y concepción”.
A este panorama se suma el consumo creciente de alimentos ultraprocesados y alcohol. Ambos alteran el equilibrio hormonal y metabólico, condiciones esenciales para que ocurra la concepción.
Cambios concretos que pueden mejorar la fertilidad
La buena noticia es que existen ajustes específicos con impacto real. La doctora propone medidas claras:
- Eliminar alimentos procesados y aditivos químicos.
- Disminuir de forma notable o suprimir el consumo de alcohol.
- Incorporar ejercicio regular como parte del estilo de vida.
- Priorizar el descanso nocturno para favorecer la reparación celular.
- Aumentar el consumo de grasas saludables.
En el caso de los hombres, la recomendación incluye un gesto sencillo. “Un puñado de nueces al día mejora notablemente la calidad del esperma”, explica.
En las mujeres, las grasas saludables cumplen un rol fundamental. “Los estrógenos y la progesterona necesitan grasa como precursor. El aceite de oliva y una dieta similar a la mediterránea favorecen un estado hormonal saludable”. Cuando el entorno hormonal se equilibra, el organismo responde de forma más eficiente.
El estrés altera la fertilidad
- El ritmo acelerado de la vida moderna pasa factura. El estrés sostenido eleva el cortisol y altera procesos delicados.
- En la mujer, el aumento de cortisol puede modificar otras hormonas. “Puede elevar la prolactina y alterar los niveles de estrógeno. Eso genera ciclos irregulares o ausencia de ovulación”, explica la especialista.
- En el hombre, el impacto resulta igual de relevante. “El cortisol alto disminuye la testosterona. Eso afecta la motilidad (capacidad de los espermatozoides para desplazarse correctamente), la concentración e incluso el ADN espermático”.
- “La concepción es de dos. Se necesita un óvulo y un espermatozoide. El tratamiento debe ser simultáneo”. Por eso, enfatiza que los estudios médicos deben realizarse tanto al hombre como a la mujer, algo a lo que muchas veces no se le da la relevancia necesaria.
Señales de que el cuerpo está preparado
La preparación también se evalúa con estudios de laboratorio. La Dra. Paredes revisa parámetros específicos: HDL entre 85 y 90, hemoglobina adecuada, insulina por debajo de 10 y una TSH entre 1 y 1.5. Además, analiza niveles de estrógenos, progesterona, FSH y LH.
Existen señales que la mujer puede notar en casa. El aumento de la viscosidad del moco cervical, una ligera elevación de la temperatura corporal, pequeño dolor pélvico en mitad del ciclo o un sangrado muy escaso pueden indicar ovulación.
“Si el cuerpo muestra equilibrio hormonal y metabólico, las probabilidades aumentan”, señala.
¿Cuándo buscar ayuda especializada?
La especialista aconseja una consulta preconcepcional incluso antes de empezar la búsqueda. Allí se identifican déficits o excesos y se corrigen a tiempo.
Si la mujer tiene menos de 35 años, se recomienda buscar asesoría tras un año de intentos sin éxito. Después de los 35, seis meses constituyen un plazo razonable para acudir a un especialista.
Uno de los mitos que más frustración genera es pensar que, pasada cierta edad, la única opción es la fertilización asistida. “No es cierto que después de los 35 la única alternativa sea una inseminación, una fertilización in vitro o una donación de óvulos”, afirma sin rodeos.
La doctora comparte que ha acompañado embarazos en mujeres de 43 y 44 años tras ajustar alimentación, reducir carga tóxica y equilibrar parámetros hormonales. “Cuando le doy al cuerpo lo que necesita, el cuerpo se encarga de hacerlo suyo”, concluye.
Para muchas parejas, ese mensaje cambia la narrativa. No todo depende de una técnica. A veces, la clave está en preparar el terreno con paciencia, conocimiento y una mirada integral.
La salud también está en la mente
Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), la infertilidad es un problema de salud pública que afecta a 1 de cada 6 personas a nivel mundial en edad reproductiva.
La relación entre la salud mental y la fertilidad es bidireccional: el estrés de no concebir genera ansiedad, y esta, a su vez, puede alterar la función reproductiva.
En la mujer la presión social y el ‘reloj biológico’ suelen disparar niveles de ansiedad más altos. Biológicamente, el estrés crónico eleva el cortisol, lo que puede inhibir la ovulación o dificultar la implantación del embrión.
En el hombre suele manifestarse como una ‘herida a su masculinidad’. El estrés reduce la calidad del esperma y puede causar disfunción eréctil, creando un ciclo de frustración y baja autoestima.
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