‘La Viuda del Farol’, una leyenda morlaca

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‘La Viuda del Farol’, una leyenda morlaca

Se trata de una joven que tenía ‘amoríos’ a escondidas con un cura. Al cruzar el río Tomebamba su bebé cayó al agua

CUENCA
Según el relato de la leyenda, la mujer debía cruzar por un puente angosto de madera del río Tomebamba, para su encuentro ‘amoroso’ con el religioso. / Jaime MarínJaime Marín

Que era una joven de apenas 22 años, muy bella, madre de un bebé recién nacido. Recorría todas las medianoches, alumbrada por un farol, las orillas del río Tomebamba por el sector del barrio de El Vado, primer asentamiento de Cuenca. En sus recorridos nocturnos y con gritos de angustia, buscaba a su hijo que en una de sus andanzas había caído a las aguas del afluente. Es parte del relato de una de las leyendas más antiguas y tradicionales de Cuenca.

Los contadores de la leyenda son varios, pero todos coinciden en que era en los días en que la ciudad se iluminaba con velas de sebo y faroles, por allá en los siglos XVIII y XIX, cuando aún no había energía eléctrica.

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El extinto escritor Octavio Sarmiento, en uno de los tomos de la obra ‘Cuenca y yo’, cuenta que la mujer, cuyo nombre nunca se supo, asomaba y desaparecía, como por arte de magia. Nadie podía acercarse a la fémina, pues desaparecía en la oscuridad y quedaba tan solo el eco de sus gritos desesperados llamando a su tierno vástago. El hecho sembró miedo y terror en los cuencanos de esa época. Aquellos que afirmaban haber visto a la mujer, preferían mantenerse en sus casas, alejados de lo que creían que se trataría de una acción del diablo, según el trabajo de Sarmiento.

La leyenda dice que la muchacha, a su corta edad y con un bebé recién nacido, enviudó. Vivía en ese barrio del costado derecho del río Tomebamba que cruza la ciudad. Se había enamorado del cura de la parroquia, con quien desde su viudez mantenía encuentros amorosos al amparo de la oscuridad. 

El religioso habitaba en una casa ubicada en la otra orilla del río, en sector de El Vado. Para acudir a saciar sus amoríos, todas las noches la mujer debía cruzar el torrente, por un puente antiguo y de madera, amarcando en brazos a su pequeño hijo. De repente, una de esas noches, llovió copiosamente y al atravesar los maderos, ella resbaló y su pequeño hijo cayó a las turbulentas aguas del río Tomebamba, donde en pocos segundos se ‘trago’ el cuerpo del infante.

La mujer enloqueció y desde ese entonces todas las noches con un farol en la mano, recorría la orilla en busca de su hijo, que, al parecer, nunca lo halló y ese habría sido el precio del pecado por amoríos clandestinos con el cura de la parroquia.

Para el investigador y productor del programa radial ‘Descubriendo Cuenca’, Jaime López, se trata de una invención de aquellos que querían espantar a los curiosos mientras tenían sus encuentros amorosos clandestinos por las noches. Adolfo Parra, investigador de las tradiciones de los barrios de Cuenca, refiere que la intencionalidad de los amantes ‘clandestinos’ de esa época, se aprovechaba de la ingenuidad del pueblo, para sembrar en el imaginario colectivo a un alma en pena.