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El sabor de la salsa tras las rejas

Como un escape al encierro, nueve privados de libertad de Esmeraldas talentosos conformaron un grupo de música y por primera vez cuentan sus historias

Es el laboratorio donde los integrantes del grupo musical ensayan tres veces por semana.
Es el laboratorio donde los integrantes del grupo musical ensayan tres veces por semana.Gustavo Guamán / Expreso

Uno. Dos. Tres. “En el mundo en que yo vivo siempre hay cuatro esquinas / pero entre esquina y esquina siempre habrá lo mismo / para mí no existe el cielo, ni luna ni estrellas / para mí no alumbra el sol, pa’ mí todo es tinieblas / ay, ay, ay...”, retumba en una habitación -calurosa y con una luz grumosa- a la que los artistas llaman “el laboratorio”. La letra de esta salsa, titulada ‘El preso’, provoca en las entrañas una mezcla de estupor y conmiseración. Y, sin embargo, los que gritan-braman-entonan parecen disfrutarla tanto que sonríen-bailan-gozan.

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El laboratorio está en el segundo piso de una construcción que está en un patio -flanqueado de paredes altísimas- que está en el Centro de Privación de Libertad Esmeraldas Número Dos. Y los artistas son personas privadas de libertad (PPL) que han conformado el grupo de música El Sabor. Por primera vez hablan de su talento, de la rehabilitación social y de sus condenas.

Martes, 09:30. La ciudad parece una caldera gigante que cocina gente, y perros y aves. Más de 28 grados centígrados. La mascarilla asfixia. El viento tórrido asfixia. La ropa asfixia... Pero dentro del penal, bajo la sombra del laboratorio, los cantantes, sin uniforme naranja, se preparan para mostrar su repertorio. Entonces el semblante reflexivo da paso a un engreimiento de pavo real. Y los nueve integrantes tienen por qué (dos no han podido asistir, están enfermos).

Con la supervisión de María Fernanda Alonso, encargada del Departamento de Deporte y Cultural de la cárcel, ellos cogen sus instrumentos, como si fueran sus más grandes tesoros: guitarra, bongo, órgano, güiro, el micrófono. Y enseguida tocan. Uno. Dos. Tres. “Sé que tú no quieres que yo a ti te quiera / siempre tú me esquivas de alguna manera...”. Otra salsa.

Ellos ensayan tres veces por semana. Guardan anécdotas de sus reuniones.
Ellos ensayan tres veces por semana. Guardan anécdotas de sus reuniones.Gustavo Guamán / Expreso

¡Qué vozarrón la de Víctor!, el vocalista principal. Con 27 años y no vidente de nacimiento, dice que su ceguera y el gusto por la salsa vienen de sus genes. Los hermanos de su abuelo eran ciegos. Su hermano es ciego y, además, un cantautor reconocidísimo en su tierra: Esmeraldas. Desde niño adoraba el sonido de la guitarra y entonaba música cristiana. Cuando cumplió los 14, se subió por primera vez en un escenario con unas 200 personas. Y brilló.

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Por “errores y falta de conocimiento”, Víctor fue condenado a 10 años de prisión. No dice el delito. Sí que desde hace 15 meses está detrás de los barrotes. Pero no todo ha sido oscuro desde su llegada. No. Halló una luz: la música.

María Fernanda cuenta que el año anterior hubo un concurso llamado Un canto por la paz, hicieron una selección interna y escogieron a artistas de cada pabellón (A, B y C). “Se vio que había distintos talentos (...) luego nació la idea (con Enrique, PPL, quiteño de 47 años e ingeniero en Marketing de profesión)de formar un grupo”. Uno de esos talentos es Víctor, y junto a Leonel, de 36 años, son la pieza clave. Todo esto es parte de la rehabilitación social en el sistema carcelario. La puerta se les abrió...

Al poco tiempo se sumaron otros artistas. Y como Víctor, llevan más de un año en el centro. Enfrentan sus condenas. Leonel, por ejemplo, fue acusado de cómplice de un crimen. Vidal, guayaquileño de 32 años, lamenta: “Me culpan por asesinato”. Jackson, de 39 y experto con los bongos, asegura que está en prisión “por calumnias” lo acusaron de acoso y violación. La sentencia de Alexander, quien se encarga del güiro, sobrepasa las dos décadas. Y Érick, conocido como Paolo on the Beat, paga una pena por violación.

No están en la misma celda. Algunos ni siquiera en el mismo pabellón. Pero se unieron por la música, sobre todo por la salsa. “Esta es nuestra libertad”, grita Jackson, encerrado en cuatro paredes que están rodeadas por más paredes y rejas. Paradójico. Cuenta que su familia es de artistas. Que ha viajado a otros países. Leonel, en cambio, suelta un lugar común: “La música es parte de mi vida”. Estudia Derecho. Lee la Biblia. Y en el grupo El Sabor es otro vocalista. Cree en la rehabilitación, pero con el apoyo de las autoridades. Enrique, el director -como lo llaman-, apuesta por estos proyectos como una forma de reinserción. Un semillero, dice. Y todos coinciden en que depende de uno mismo.

Para Vidal, el guitarrista, la música empezó como un hobby. Luego se convirtió en compositor. Y entonces recita una de sus letras: “Dime tú si has pensado algún día en conocernos / por qué estar detrás de fotos sin comprendernos...”. Antes de ser PPL fue administrador, chofer, asesor comercial. Y tiene una hija.

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Érick, quien toca el órgano, dice que es el famoso del penal. Prepara comida para otros internos. Habla de la música y de su amor por ella, de los talentos, del entusiasmo...

Dicen que el hombre nace libre y en todas partes se encuentra encadenado. Estos músicos parecen romper de un tajo aquella frase. Ellos más que nadie han encontrado en las melodías la libertad. Ensayan tres veces a la semana. Antes de la matanza en los centros de rehabilitación social de Guayas, Cotopaxi y Azuay -que acabó con 79 reos en febrero-, lo hacían cinco veces. Recuerdan que fueron momentos de tensión. De miedo. No se han ido, pero lo han superado. Yviven.

La pandemia, además, ha frenado sus objetivos. Uno de ellos, presentarse en los días de visitas en el mismo penal. Tocar frente al público. Que los aplaudan. Que los escuchen. Que les pidan autógrafos. Que los vean. No lo descartan. Ya llegará el día.

Y cuando han pasado más de tres horas en el laboratorio, y el sol se vuelve más abrasador, Víctor, con un sudor eterno y tanto, recuerda: “Yo soy el cieguito del sabor”, tras terminar de cantar covers de salsa, pasillo y cumbia. Todos con sabor a Esmeraldas. Con sabor a orgullo. Con sabor a libertad. Porque todos tienen algo en la mira: el estrellato.

EXPRESO omitió los apellidos de los protagonistas para proteger su identidad.

Los internos realizan actividades deportivas en los patios del centro.
Los internos realizan actividades deportivas en los patios del centro.Gustavo Guamán / Expreso

“Mi labor es que ellos tengan una rehabilitación”

n En el Centro de Privación de Libertad Esmeraldas Número Dos hay 1.693 internos, indica el director Víctor Morales Reyes. De ellos, nueve son los talentosos de la salsa. Son amateur, dice, pero resalta la profesionalidad de uno.

“Con un poquito de autogestión” se ha conseguido armar este grupo que merece el aplauso de la Dirección, señala.
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“No todo es malo -de lo que se dice- en las cárceles.Esta es la otra cara de la moneda... atrás quedan las peleas y todo tipo de situaciones que existen. Esta es una parte de la rehabilitación, y nosotros no solo tenemos el tema de la música, hay campeonatos de fútbol, ecuavóley... la idea es que todos los días ellos estén en constante actividad deportiva”. 

“Nosotros somos custodios. No tenemos que juzgar a nadie. Su deuda con la sociedad es una cuestión judicial y mi labor es que ellos tengan una rehabilitación”, dice.

Habló del apoyo del general Edmundo Moncayo, director del Servicio Nacional de Atención a Personas Privadas de Libertad (SNAI).

Dice María Fernanda Alonso, la encargada de Cultura y Deportes, que la música los transporta. “Nosotros no los vemos como delincuentes”, agrega.

Según datos del SNAI, sobre la participación de privados de libertad en ejes de tratamiento, 20.906 están inmersos en educación, 14.612 en el tema laboral, 12.322 en Cultura, 12.146 en Deportes, etc., con corte hasta febrero de 2021. Además, indican que ha habido una baja de hacinamiento en 10 puntos. Actualmente hay una población carcelaria en el país de 38.600 PPL.