Drogas sintéticas en Ecuador
Drogas sintéticas en Ecuador: producción local y venta digital transforman el microtráfico.Pixabay

Microtráfico de drogas sintéticas en Ecuador se traslada a redes y apps digitales

Ecuador deja de ser solo puerto de drogas: redes, mensajería y producción local transforman el microtráfico

El microtráfico de drogas ha dejado de depender exclusivamente de esquinas, bares o parques. Hoy, una parte significativa de la comercialización ocurre en entornos digitales (redes sociales, aplicaciones de mensajería y plataformas de entrega), un cambio que ha modificado la forma en que adolescentes y jóvenes acceden a sustancias ilícitas y que ha generado nuevas dificultades para la investigación criminal.

En Ecuador, esta transformación se expresa no solo en la acelerada venta digital, sino también en la producción. El mercado del MDMA (éxtasis) muestra señales de evolución estructural: el país ya no es únicamente un punto de tránsito o consumo, sino un espacio donde se desarrollan procesos de prensado y mezcla final, integrándose a la cadena de valor de las drogas sintéticas. 

Durante años, el MDMA ingresó al país como producto terminado. Sin embargo, investigaciones recientes del Observatorio Ecuatoriano de Crimen Organizado evidencian un cambio en el modelo de suministro: ahora se importan intermedios como masa o aceite, que luego son mezclados y prensados localmente.

Este giro ha permitido la instalación de líneas de prensado de baja tecnología, capaces de producir pastillas con marcas propias. El proceso facilita además la personalización mediante colores, formas y logotipos que funcionan como sellos de identidad criminal. Al mover insumos en lugar de pastillas terminadas, las organizaciones reducen riesgos logísticos y mejoran su capacidad de ocultamiento. Como señala el criminólogo Sergio Puente, “cuando un país empieza a cerrar el ciclo productivo, aunque sea parcialmente, ya no hablamos solo de consumo: hablamos de una estructura criminal más estable, con capacidad de adaptación económica”.

La congona y los riesgos estratégicos del MDMA en Ecuador

Es una app de delivery clandestina. El repartidor no siempre sabe, y el distribuidor no se expone

Miguel Paredes

Experto en seguridad digital

Entre los hallazgos más sensibles está la identificación de la congona, una planta endémica cuyo aceite contiene un alto porcentaje de safrol, precursor esencial para la producción de MDMA. Su presencia natural introduce un riesgo estratégico: podría reducir la dependencia de precursores importados y, a futuro, abrir la puerta a procesos de síntesis completos dentro del territorio nacional. Además, incorpora un componente ambiental y químico al narcotráfico, al involucrar recursos propios del ecosistema. La investigadora forense Ana María Torres advierte: “cuando un país tiene acceso natural a precursores, el control se vuelve mucho más complejo, porque el insumo no cruza fronteras: nace dentro del ecosistema”.

En paralelo, el documento confirma una tendencia que autoridades y especialistas en cibercrimen observan desde hace años: la distribución de MDMA se ha digitalizado casi por completo. Las redes operan bajo un esquema que inicia con el contacto en redes sociales, continúa con la negociación en chats privados y culmina con entregas tercerizadas mediante repartidores de plataforma de entregas a domicilio. 

Este modelo minimiza la exposición física del vendedor, diluye la responsabilidad penal y se integra a la lógica de trabajo informal propia de la “economía gig”. La fragmentación de tareas y la externalización del reparto crean capas adicionales de anonimato, tanto para quienes venden como para quienes transportan.

El experto en seguridad digital Miguel Paredes lo resume: “El microtráfico funciona como una app de delivery clandestina. El repartidor no siempre sabe qué transporta, y el dealer (el distribuidor) nunca se expone directamente”. Esta digitalización también ha transformado la lógica del mercado: la venta de MDMA ya no depende únicamente del producto, sino de su imagen. Las investigaciones muestran pastillas con logotipos reconocibles y la utilización de redes sociales como vitrinas donde se exhiben colores, formas y estilos.

Influencers del microtráfico y capital simbólico criminal

Muchos distribuidores adoptan dinámicas propias de los influencers: construyen reputación, generan fidelidad y crean comunidades digitales que actúan como nichos de mercado. Este fenómeno configura lo que los analistas denominan un “capital simbólico criminal”, donde la marca brinda confianza, estatus y diferenciación. La estética se convierte en un valor agregado tan influyente como el propio contenido químico. Los precios reflejan altos márgenes de ganancia: las pastillas de éxtasis se venden entre 30 y 50 dólares; el cristal de MDMA, entre 50 y 80 dólares por gramo; y las presentaciones de mayor pureza, como el llamado “cristal azul”, alcanzan hasta 120 dólares, consolidándose como productos premium dentro de la oferta clandestina, según la investigación.

Sin embargo, esta digitalización también complica la persecución penal. El uso de mensajería cifrada, cuentas anónimas o temporales y la completa separación geográfica entre vendedores y compradores dificulta rastrear operaciones y reduce la posibilidad de capturas en flagrancia. Puente sintetiza el desafío con crudeza: “El delito ocurre en pantallas privadas. Cuando se borra un chat, se borra la escena del crimen”.

La búsqueda de drogas ya no requiere vínculos previos. Basta con navegar en redes sociales o recibir un contacto recomendado. En el caso del MDMA, los usuarios desarrollan prácticas de “autocuidado”: consumo de suplementos previos, control de dosis y planificación del entorno. Esto configura una gobernanza informal del consumo, donde los propios usuarios regulan riesgos sin intervención institucional.

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Microtráfico y consumo en circuitos de ocio

El consumo de drogas sintéticas también se ha incorporado de forma silenciosa a los circuitos de ocio: fiestas, turismo y vida nocturna. En determinadas zonas turísticas, los investigadores describen la existencia de un “pacto de indiferencia”, una suerte de convivencia tácita donde todos ven, pero pocos intervienen. En estos espacios, la presencia policial no interfiere en las dinámicas del entretenimiento y el microtráfico logra mimetizarse con el ambiente festivo. La actividad se diluye entre multitudes, luces y música, pasando desapercibida incluso cuando ocurre a plena vista.

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