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Oswaldo Jarrin
El pasado viernes, antes del largo feriado, llegó primero con una serie de rumores. Algunas redes sociales lo recogieron como un hecho, hasta que recibimos la noticia de Carondelet: el presidente Moreno había designado a Oswaldo Jarrín como nuevo ministro de Defensa Nacional, luego de que durante once largos años la revolución ciudadana pusiera a los personajes más extraños y equivocados a dirigir la defensa de nuestro país.
Instantáneamente respiré con profundo alivio. No hay persona más indicada, que tenga mayor capacidad, ética y liderazgo para dirigir a nuestras Fuerzas Armadas y en general a la fuerza pública en estos momentos en los que la permisividad, la complicidad, la anarquía o el temor de los narcointereses, nos han empujado al fondo del abismo.
Mientras fui funcionaria pública entre el 2005 y el 2006, pude observarlo de cerca como ministro y vi la meticulosidad de sus análisis estratégicos, los cuales presentaba ante el Consejo de Seguridad Nacional, mientras era su secretario.
Es un experto en geopolítica, por lo tanto, estoy segura de que asesorará de la mejor manera al primer mandatario.
Es posible que haya que revisar muchos otros capítulos de la vida cotidiana del Ecuador: el frente externo dirigido ideológicamente sin medir las consecuencias, el frente económico que no encuentra la hoja de ruta que tranquilice a los mercados en lugar de enervarlos, las ataduras que amarran al frente productivo con fuertes presiones de ayatolas que permanecen en puntos claves y que no permiten consolidar el crecimiento, y probablemente muchos temas más.
A pesar de que reiteradas decepciones me alejan de la política, desde mi humilde análisis, la defensa del territorio dejó de ser una preocupación para mí el dos de mayo en que el general Oswaldo Jarrín asumió tanto el Ministerio de Defensa como la estrategia de seguridad. Sus declaraciones, las imperativas, los análisis de la situación y la elaboración de una estrategia serán los adecuados. Sus manos son las más preparadas para cumplir esta misión. Bendiciones a cada paso, mi general.