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El nucleo corrupto del populismo

Las victorias populistas en elecciones los últimos años en todo el mundo han llevado a muchos a concluir que la democracia liberal está amenazada. Sin embargo, el arresto esta semana del ex primer ministro de Malasia bajo cargos de corrupción es una de varias señales que sugieren lo prematuro de las predicciones del declive global de la democracia liberal. La implicancia de esta visión fatalista es que los defensores de la democracia liberal no pueden reclamar superioridad moral sino hasta reexaminar sus propios supuestos políticos y económicos. Es un error creer que el ascenso de los autócratas es puramente ideológico, o que representa un rechazo generalizado de la democracia, el liberalismo o los derechos humanos o civiles. Los demagogos que están saliendo electos hoy no están motivados por principios sino por poder y ambición: su beneficio personal, el de sus familias y sus camarillas. Para recuperar el equilibrio a nuestro desajustado mundo es necesario exponer la corrupción que abunda al centro del nuevo antiliberalismo. En Hungría, familiares y amigos del primer ministro Orbán se han enriquecido con préstamos estatales y contratos públicos. En Turquía, gente cercana al presidente Erdogan se ha visto implicada en un plan de lavado de dinero. Para defender la democracia liberal debemos recuperar el manto de la anticorrupción. Al redistribuir bienes robados por delincuentes políticos y corporativos y sus cómplices legales y financieros, las campañas contra la corrupción no solo hacen que los poderosos rindan cuentas. También pueden abordar la desigualdad y la frustración general que los populistas han explotado. Además, el combate contra la corrupción significa poner el foco de atención sobre quienes amenazan, matan o dañan de otros modos a los periodistas que trabajan exponiendo los abusos de poder, y perseguirlos judicialmente. Si bien un gobierno de mayorías puede despreciar los intereses de las minorías, los regímenes corruptos nos roban a todos. Quienes proponen la democracia liberal deben redoblar esfuerzos para combatir las violaciones a la confianza pública. Afortunadamente, son iniciativas que ya cuentan con un sólido historial. En EE. UU., cuatro décadas de casos cada vez más sólidos de aplicación de la Ley de Prácticas Corruptas en el Extranjero (FCPA) han castigado conductas dolosas en todo el mundo y recuperado miles de millones de dólares en bienes robados. Mas, las fuerzas anticorrupción siguen siendo desiguales entre jurisdicciones distintas. Para enfrentar transacciones financieras transnacionales debemos desarrollar redes internacionales más sólidas de fiscales e investigadores, y los donantes públicos y privados deberían reforzar su apoyo a las organizaciones de la sociedad civil y los medios independientes. Son instituciones que pueden seguir y exponer la corrupción, explicar cómo implica a poderosas figuras políticas e incentivar a los actores estatales a sancionar a los responsables. Frenar la corrupción no será fácil; muchas economías dependen flujos de inversión vinculados a actividades criminales, pero son claras las consecuencias de la inacción. La corrupción es un importante factor impulsor del populismo y del retroceso de los valores liberales. La próxima vez que alguien le pregunte qué pasó con la democracia liberal, dígales que sigan la pista del dinero.