Las rebeldes afganas no se callan

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Las rebeldes afganas no se callan

Ellas quieren recuperar ante los talibanes los derechos que habían logrado en los últimos veinte años desde la caída en 2001 del anterior régimen

AFGANISTÁN
- El autodenominado Grupo de Unidad y Solidaridad de Mujeres Afganas protesta de manera clandestina en un piso bajo de un barrio de Kabul (Afganistán) /Moncho TorresEFE

Primero protestaron en las calles de Kabul, donde fueron golpeadas y arrestadas por los talibanes, pero lejos de rendirse, un grupo de feministas afganas por los derechos de las mujeres continúan ahora sus manifestaciones en la clandestinidad.

Las activistas convocaron bajo en un barrio de la capital, y pidieron que no portáramos nada que nos hiciera parecer periodistas. Entramos. Había esperando un puñado de mujeres sentadas en un sofá, pero pronto, en un goteo constante, comenzaron a aparecer más, hasta una veintena, y el entusiasmo fue en aumento.

Primero se esmeraron en ocultar cualquier signo del lugar que pudiera identificarlo, para lo que ayudó poner encima una bandera afgana -relegada por los talibanes tras su llegada al poder el 15 de agosto y símbolo de resistencia y orgullo del país- y después comenzaron a escribir en folios sus lemas reivindicativos, unos pocos en inglés “¿No somos humanas?”, la mayoría en dari.

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Al frente de la protesta estuvo Zahra Mohammadi, que cedió el espacio, bloqueando la puerta ante cualquier visita inesperada, mientras en el exterior ayudaba el rugir de un generador eléctrico.

La activista se mantuvo enérgica todo el acto, que grabaron en vídeo para compartirlo en las redes sociales con el objetivo de que la comunidad internacional presione a los islamistas.

Al principio “protestamos en la calle, alzamos la voz, gritamos por la libertad de las mujeres, pedimos justicia (...) pero fuimos reprimidas y rodeadas por las tropas Badree -las fuerzas especiales de los talibanes- que arrestaron a algunas de nuestras compañeras y rompieron nuestros teléfonos. Después de eso, cambiamos nuestra estrategia y comenzamos a protestar en interiores”, explica.

Solo una entre la veintena de manifestantes que se han reunido en el lugar decide ocultar su rostro ante la cámara por miedo a represalias. Para el resto, el miedo también está ahí, pero combativas prefieren mostrarlo, desafiantes ante los islamistas.

Sus reivindicaciones están claras: quieren recuperar los derechos que habían logrado en los últimos veinte años desde la caída en 2001 del anterior régimen fundamentalista, con aspectos básicos como que los talibanes les permitan ir libremente a trabajar o continuar sus estudios, después de que al reabrir las escuelas a mediados de septiembre solo permitieran el regreso a las niñas de primaria.

“No somos las mujeres de hace veinte años, que se sentaban en casa (como les obligaba) el régimen talibán anterior”, advierte Mohammadi. Entonces una mujer solo podía salir de la vivienda acompañada por un hombre de la familia y eran relegadas a las labores del hogar, sin poder realizar otros trabajos.

El rostro más conocido de esta última protesta es el de Deeba Farhamand, fundadora y directora ejecutiva de una ONG local que presta asistencia a niños huérfanos y viudas, y que remarca que son parte de un movimiento espontáneo sin ansias políticas que se manifiesta por sus derechos desde el pasado 2 de septiembre, bajo el nombre de Grupo de Unidad y Solidaridad de Mujeres Afganas.

Se trata de su séptima protesta a puerta cerrada, algo que hacen “con cautela”, ya que, asegura, algunas de sus compañeras han sido asesinadas y muchas reciben “llamadas amenazantes, mensajes de números desconocidos en los que nos amenazan, a veces nos piden nuestras direcciones haciéndose pasar por medios de comunicación”.

“Debido a esta situación difícil y amenazante, solo están aquí unos pocos miembros de nuestra formación, no podemos invitarlas a todas (...) Si invitamos a unas pocas, en caso de incidentes no deseados, perderemos menos miembros, ya que fuimos testigos de cómo los talibanes dispararon directamente contra nosotras. Creemos que si se pierden algunos miembros, (...) las hermanas restantes del grupo no deben detener esta misión, deben continuar”, sentencia. Ellas se han rebelado y luchan por recuperar sus derechos.

Un ejemplo de esa determinación y de esa lucha es Khatool Farhood, una antigua maestra que trabajaba en el Ministerio de Educación, y que aunque ha sufrido en lo personal por su activismo, no se detiene: estaba embarazada y perdió a su bebé al caerse durante una manifestación tras recibir un golpe de los talibanes, y más tarde su marido la “repudió, no quería que fuera una feminista”, asegura. Luego tuvo que huir de su hogar al ser localizada por los islamistas. Se escondió en el tejado, desde donde vio cómo los talibanes llamaban a su puerta, pero logró huir oculta bajo el burka de una vecina. Lo grabó todo en su móvil, como muestra.

La organización Amnistía Internacional (AI) alertó del desamparo que sufren las mujeres y niñas víctimas de violencia de género en Afganistán, abandonadas a su suerte después de que colapsara el sistema que las protegía a raíz del regreso al poder de los talibanes el pasado 15 de agosto. “Su red de apoyo ha sido desmantelada y sus lugares de refugio prácticamente han desaparecido”, explicó la secretaria general de Amnistía Internacional, Agnés Callamard. Antes de la llegada al poder de los fundamentalistas, las mujeres tenían representación legal gratuita, tratamiento médico y apoyo psicosocial. Ya todo eso desapareció.