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Muerte del secularismo turco

luego del fallido golpe militar de Turquía surge una interrogante: ¿el presidente Erdogan seguirá su camino autoritario o se acercará a sus opositores e intentará zanjar las profundas fisuras en la sociedad? A juzgar por ejemplos históricos anteriores, los retos importantes a líderes autoritarios o semiautoritarios normalmente conducen a un endurecimiento del régimen, y las medidas tomadas por Erdogan desde el fracaso del golpe -se anunciaron casi inmediatamente arrestos masivos y purgas de miles de soldados, jueces, policías y maestros- parecen confirmarlo. Sin embargo, sería un error ver lo que está sucediendo exclusivamente desde el prisma de la personalidad de Erdogan y sus inclinaciones autoritarias. Él y su Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP) representan un cambio tectónico en la política turca, que se replica en otros países de mayoría musulmana en Oriente Medio. Al intentar desviar a la historia turca del secularismo radical del fundador de la Turquía moderna, Kemal Atatürk, en un principio el AKP pareció salirse del molde autoritario kemalista y muchos pasaron por alto que el régimen se parecía más al fascismo europeo de los años 1930, que a una democracia liberal. El secularismo kemalista no fue la expresión de un movimiento vasto y popular desde abajo, sino de una pequeña élite urbano-militar e intelectual- a una sociedad tradicional y esencialmente rural, y cortó por completo todo vínculo de los turcos con su historia y su cultura (prohibió las formas tradicionales de vestimenta e impuso un código europeo; y todos los apellidos de sonido árabe o musulmán tuvieron que cambiarse por apellidos turcos). Ninguna sociedad europea ha experimentado un proceso tan tortuoso de revolución cultural de arriba hacia abajo. Las victorias electorales del AKP desde 2002, de alguna manera fueron el retorno de los oprimidos. Como el sistema kemalista terminó liberalizándose políticamente (aunque no culturalmente), el surgimiento de un sistema multipartidario finalmente favoreció a los conservadores tradicionales y la modernización económica llevó movilidad social, lo que condujo al surgimiento de una nueva burguesía que se aferró a sus valores religiosos tradicionales y que veía a la élite kemalista -presente en el ejército, la burocracia, el poder judicial y las universidades- como opresores. Estos votantes fueron la base de las victorias electorales y la legitimidad democrática del AKP. Por otra parte, la política exterior de Erdogan en los últimos años no ha sido exitosa. Su compromiso inicial con “cero conflictos con los vecinos” ha derivado en un deterioro de relaciones con Armenia, Rusia, Israel y Egipto y en un significativo “boomerang” doméstico, con ataques terroristas por su participación en la guerra civil de Siria. Mas, nada de esto ha erosionado el respaldo a Erdogan en el país, mientras que EE. UU. y la UE también lo apoyaron, aunque con los dientes apretados, contra el último intento de golpe, por el interés fundamental en una Turquía estable, necesaria para frenar futuras olas de inmigrantes a Europa, y para la guerra de EE. UU. contra el Estado Islámico. No obstante, la implosión de facto de Siria como un Estado coherente seguirá desafiando la política y cohesión social de Turquía, en tanto más y más refugiados intentan llegar a ella, y todavía está por verse la estabilidad del sistema, pues a pesar de la oposición popular al golpe, la hostilidad hacia Erdogan es fuerte.
Project Syndicate