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Luisa González: La candidata que, sin su asesor, no existe

La carta del correísmo para llegar a la Presidencia, pasa a la segunda vuelta junto a Daniel Noboa

González es la carta del correísmo para llegar a la Presidencia.
González es la carta del correísmo para llegar a la Presidencia.EXPRESO

Es la máxima representante de la lealtad correísta: por eso es candidata, una candidata que ha pasado ha segunda vuelta con más del 30% de las votaciones, cuando el escrutinio de actas válidas ya pasa el porcentaje del que ya no hay regreso. En un partido en el que ese tipo de designaciones se deciden (como todo lo importante) en Bélgica, ser leal sólo puede significar una cosa: ser leal a Rafael Correa. Después de la traumática experiencia de Lenín Moreno, nada se valora más en esa tienda política.

En su primer video de precampaña, el que difundió en sus redes Fernando Alvarado para convencer al expresidente prófugo de que la escogiera cuando éste aún no había decidido a quién lanzar para la Presidencia (y se hablaba de Andrés Arauz y de Marcela Aguiñaga), la palabra LEAL, escrita con grandes caracteres por encima de otras virtudes menores, decidió las cosas a favor de Luisa González (Quito, 1977). Aguiñaga diría, con orgullo, “sumisa”. En términos prácticos significa: obsecuente.

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Su currículum está al alcance de cualquiera que lo busque. Abogada por la Universidad Internacional del Ecuador, magister en alta gerencia por el IAEN, máster en economía internacional por la Complutense de Madrid, con variados cargos públicos durante el correísmo, desde los reemplazos para lo que hiciera falta (ministra de Trabajo encargada, ministra de Turismo encargada...) hasta los puestos de mayor confianza: secretaria de despacho presidencial, secretaria general de la Administración, que con Correa era un puesto de bajo perfil que requería de un anónimo factótum… Nada de eso, sin embargo, la define.

A la hora de conocer quién es ella, la suma de todas esas funciones resulta menos elocuente que dos sencillos episodios de la reciente campaña: su entrevista con el expresidente prófugo en el programa ‘El podcast de Correa’ y su participación en el show de presentación de candidatos que el Consejo Nacional Electoral, con exceso de autoindulgencia, llamó Debate Presidencial.

La entrevista no fue tal cosa sino un espacio de autobombo diseñado para el engreimiento del supuesto entrevistador. A la candidata le estaba reservado el papel de comparsa y ella lo desempeñó satisfecha, con alegre aceptación del lugar que le corresponde en la cadena alimenticia.

Desde el lenguaje corporal de los dos participantes (ella: encogida sobre su silla, mirando como desde abajo; él: poseyendo la suya, despachando gestos de condescendencia) hasta las fórmulas rituales de sumisión y poder que prevalecían en el intercambio verbal (la manera de celebrar ella los chistes del otro, su permanente e invariable disposición al asentimiento, su tendencia al elogio gratuito), todo en los 56 minutos de programa ratificaba la condición de Correa como macho alfa y la conformidad de Luisa González con esa circunstancia: “Yo siempre he reconocido y lo he dicho públicamente: yo no he conocido una persona más sensible y más humana que usted”, decía ella precisamente cuando hablaban de cómo la maltrataba él como jefe.

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Por eso, cuando al inicio de la campaña la candidata anunció que su “principal asesor” será el expresidente prófugo (“¿quién puede manejar mejor la economía de un país?”, abundaba en razones) no estaba comunicando una decisión libremente adoptada sino describiendo una relación de poder que no podría darse de otra forma y que Correa quiere llevar a Carondelet.

Precisamente el debate del CNE mostró cómo opera esa relación de poder cuando él no está presente. Fiel al guión del que le proveyeron de antemano, automática en la invocación de las consignas que conoce de memoria, Luisa González no se permite ni por un segundo la debilidad de elaborar un pensamiento propio. La fórmula se reduce a meme y en eso se convirtió ella luego del debate: ¿Cómo lo vamos a hacer? Como ya lo hicimos. No hay nada más que hablar, nada más que considerar, nada más que pensar.

En esto ya tiene suficiente experiencia Luisa González. Sus dos años como asambleísta por la provincia de Manabí la prepararon para el papel. Legisladora mediocre y opaca, sus más bien escasas intervenciones en el Pleno pasaban inadvertidas por predecibles y estereotipadas.

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Sin otro estilo que un cierto tono de crispación y enojo, que constituye la firma de su bancada y que limita de antemano sus posibilidades de expresión, nunca Luisa González aportó al debate nada interesante. Nunca asumió (nunca le dieron) papeles importantes de alta exposición mediática, un juicio político, una ley decisiva… Las tareas que le encargaban y que ella asumía con convicción, con lealtad perruna, eran más bien incómodas y comprometedoras.

Por ejemplo, proponer a Ronny Aleaga, el latin king de la narcopiscina, para ocupar la tercera vocalía del Consejo de Administración Legislativa (él representa “valores como la lealtad y la coherencia, sin dejar de lado la experiencia, el conocimiento y la juventud”, dijo). Oponerse, en firme sintonía con el pensamiento del líder, al aborto en casos de embarazo por violación. O exponer, en su calidad de integrante de la impresentable Comisión de Ética de la Asamblea, las razones por las cuales el asambleísta expulsado de la Izquierda Democrática y reclutado por el correísmo Eckenner Recalde, acusado de cobrar diezmos a los integrantes de su equipo de trabajo, no debía ser sancionado aunque los audios que los acusadores exhibieron como pruebas fueran irrefutables. Que los cobros fueron para “hornados solidarios”, dijo Recalde, y conservó su escaño parlamentario gracias a la abstención del correísmo: ese es el tipo de cinismo que Luisa González está dispuesta a defender cuando se lo mandan quienes toman las decisiones.

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Por lo demás, su trabajo legislativo fue nulo: en dos años, el registro digital de la Asamblea recoge un sólo proyecto de ley, ineficaz y extemporáneo, elaborado (y no por ella: por ella y cinco más) para afrontar “la gestión de la emergencia sanitaria por la pandemia del covid” en agosto de 2021, cuando la emergencia había terminado: 34 artículos que no se aprobaron nunca porque no hacían falta. Tal es el perfil de la candidata ideal que halló Rafael Correa para asegurarse de que no se repita lo de Lenín Moreno.