Lápidas, un oficio que no quiere su epitafio final

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Lápidas, un oficio que no quiere su epitafio final

Maestros marmolistas continúan tallando de manera manual Aseguran que las ventas bajaron desde antes de la pandemia El negocio involucra a la familia

Lapidas
Fernando Cabrera talla un Cristo en una lápida. Le tomó dos días hacerla.cortesía

Lizardo Coquinche y María Murillo están tan unidos como un martillo y un cincel. Llevan 18 años juntos como marido y mujer, pero también como tallador y cómplice del oficio de la marmolería: hacer lápidas es el camino que eligieron hasta que la muerte los separe.

Todo inició en un funeral. Ángel Macas, primer mentor de Lizardo, había fallecido. El pupilo nunca imaginó que en el sepelio de su maestro se enamoraría. Allí conoció a una prima política del difunto, quien ahora es un pilar fundamental de la Marmolería Cotopaxi, negocio que regentan en Quito.

Tampoco imaginó que el local donde inició algún día sería suyo. Claro que, antes de convertirse en el dueño del lugar, vivió junto a su esposa una travesía a pulso, como cuando se forja al mármol y al granito, principales materiales de este oficio.

La antigua Marmolería Los Ángeles esperó 14 años para cambiar de manos y llevar el nombre del colosal nevado, el cual se divisa desde El Batán y acompaña siempre a María mientras atiende a clientes, lo cual la mantiene cerca de su natal Latacunga.

Lizardo vive más alejado de su llacta. Nuevo Rocafuerte, en el amazónico Aguarico, no se divisa desde la capital, pero aquella sensibilidad por la naturaleza se mantiene en las manos del artesano, unas manos que son “toda una máquina” como opina su mujer. “La gente siempre me dice con qué instrumento conseguimos pulir esas imágenes. Les digo que mi máquina funciona con oxígeno, que mi marido es el que talla a mano hasta las arrugas de los retratados, que saca vírgenes y cristos igualitos por su talento”, dice María.

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Ella no está en el taller, pero también resulta un motor sustancial. Antes de tener el local se encargaba de llevar la agenda y promocionar el trabajo de Lizardo, el cual se vendía en Pujilí, Quevedo y Santo Domingo. Y, en cada bus que tomaba, mostraba un álbum con fotos a todos los pasajeros. “Ya se viajaba por un contrato específico, pero se aprovechaba para ponerse a la orden de cualquier persona”. Y, entre esas personas, algún famoso ha requerido de sus servicios, como Grace Carrillo, Máximo Escaleras y Gerardo Morán.

Aunque el taller y la marmolería están en Quito, los clientes, en su mayoría, son de provincia. Y, si bien están cerca del Cementerio de El Batán, sus lápidas adornan camposantos más pequeños como los de Cotocollao, Llano Chico, Zámbiza y Calderón.

“Las grandes funerarias han industrializado nuestro trabajo. Desde antes de la pandemia las ventas han bajado, porque ya ofrecen los entierros con todo incluido. Nos toca movernos haciendo placas más pequeñas, floreros o hasta lápidas para mascotas para sobrevivir”, explica María.

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María Murillo conserva el álbum con el que promocionaba en buses.cortesía

Fernando ‘El Cuencanito’ Cabrera coincide con María. Él es el propietario de la Marmolería San Fernando y lleva en el oficio 30 años. Aprendió a moldear figuras en mármol en su natal Cuenca, y en Quito se metió de lleno al oficio de las lápidas.

Mientras termina de tallar un Cristo a mano, que le ha llevado dos días, explica las dificultades de este sector artesanal. “El virus y el encierro nos perjudicaron a todos. Cualquiera diría que con eso tendríamos más trabajo, pero las ventas no son las mismas de antaño. Antes era más movido en estas fechas (Día de Difuntos) o con encargos para el Día de la Madre o del Padre”.

Al son del golpe del martillo al cincel y del carraspeo de la amoladora, El Cuencanito comparte que el negocio decrece desde hace tiempo. “Obvio que las cremaciones han perjudicado a los entierros y ahora se piden menos lápidas, pero lo que realmente ha perjudicado al artesano es que los grandes cementerios ya venden todos los servicios y tienen sus talleres: las ventas han bajado desde mucho antes de la pandemia”.

Por esto su arte termina en cementerios parroquiales o fuera de la capital. Manabí es su mejor nicho de mercado, aunque por su trayectoria también envía su trabajo a Canadá, Estados Unidos, Colombia y Paraguay.

Pese a que existen varias agremiaciones de artesanos que contienen distintas ramas, Fernando aspira a que un día se sumen los marmolistas como tal. “Una asociación nos ayudaría para estar unidos, compartir beneficios comunes y hasta fijar precios y no desprestigiar y regalar el trabajo con mano de obra barata, sino con mano de obra justa”.

EL VALOR MANUAL. Estos artesanos trabajan con granito y mármol nacional e importado. En Ecuador, principalmente, se obtiene de Selva Alegre (Otavalo); el extranjero, generalmente, es el italiano de Carrara. En el caso del primero, el metro puede conseguirse desde los $30; mientras que la importación del segundo oscila entre los $130 y $150.

El maestro Lizardo Coquinche ha elaborado trabajos de hasta $3.600, mientras que Fernando Cabrera ha llegado a construir tumbas de $5.000. Todo depende de la cantidad de material que se emplee y la complejidad del grabado.

Una lápida sencilla en mármol nacional se consigue desde $80 y puede llegar a los $300. Por su parte, en mármol italiano cuesta entre $150 y $500. Cuando se incluyen pilares, rosetones, floreros y jardineras los costos alcanzan hasta $10.000.

La Marmolería Cotopaxi se ubica en la Av. Eloy Alfaro N44-381 y Las Higueras (móvil: 0999929794) y la Marmolería San Fernando, El Cuencanito, está en la Av. Eloy Alfaro N44-315 (móvil: 0999685579), ambas en Quito, pero trabajan a nivel nacional e internacional.