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India, tierra de pertenencia

Hace setenta años este mes, a la medianoche del 15 de agosto de 1947, el primer ministro Jawaharlal Nehru proclamó a la India independiente del Imperio Británico. Nehru lo denominó “uno de esos raros momentos en la historia en los que pasamos de lo viejo a lo nuevo, cuando una edad termina y el alma de una nación, largo tiempo suprimida, halla expresión”. Con eso, el país se embarcó en un notable experimento de gobernanza que continúa hasta el presente y que Winston Churchill pensó imposible: “India es una mera expresión geográfica. Tiene tanto de país como la línea del ecuador”. Churchill acertó pocas veces con la India. Pero es verdad que ningún otro país la iguala en su extraordinaria mezcla de grupos étnicos, la profusión de lenguas mutuamente incomprensibles, la variedad topográfica y climática, la diversidad de religiones y prácticas culturales y la disparidad de niveles de desarrollo económico. El excepcional pluralismo de la India se refleja en su modo de organizarse: todos los grupos, denominaciones religiosas, preferencias e ideologías sobreviven y compiten por tener su lugar bajo el sol. En momentos en que la mayoría de los países en desarrollo optaban por modelos de gobernanza autoritarios para promover la construcción nacional y el desarrollo económico, la India eligió ser una democracia multipartidista. Es verdad que a muchos la India todavía les resulta enloquecedora, caótica, dividida, incluso errática, abriéndose paso a los tumbos por los inicios del siglo XXI. Pero gracias a su diversidad única, es una aventura, en la que todos los caminos están abiertos y todo es posible. Su identidad nacional no se basa en el idioma, ni en la geografía, ni en la etnicidad, ni en la religión, sino en una idea: la idea de una tierra de ensueño, nacida de una civilización antigua, unida por una historia compartida, sostenida por una democracia pluralista. Una tierra que no mete a todos sus ciudadanos en el mismo molde. Un indio puede ser muchas cosas, y ser una sola. Un indio puede ser un buen musulmán, un buen keralí y un buen indio, todo al mismo tiempo. En la India celebramos la comunidad de las grandes diferencias. Si Estados Unidos es un crisol de razas, la India es un “thali”, una selección de exquisiteces servidas en cuencos separados. Cada una sabe distinto, y no siempre combina bien con la siguiente, pero todas se complementan entre sí y en conjunto forman un único platillo suculento. Por decirlo de otro modo, somos una tierra de pertenencia, no de sangre. La idea de la India es la de una tierra que acoge en su seno a muchos pueblos. Es la idea de que una nación caracterizada por profundas diferencias de castas, credos, colores, culturas, cocinas, convicciones, cortes de ropa y costumbres puede aun así reunirse en torno de un consenso democrático: a saber, que en lo único en que todos tienen que estar de acuerdo es en las reglas básicas de cómo estar en desacuerdo. Es este consenso sobre cómo arreglárselas sin un consenso lo que permitió a India prosperar en los últimos setenta años, pese a enfrentar desafíos que llevaron a muchos a predecir su desintegración. Sus padres fundadores redactaron una constitución para sus sueños, nosotros dimos pasaporte a sus ideales. Pero hoy, esos ideales están bajo la amenaza creciente de una intolerancia en alza y un mayoritarismo cada vez más beligerante. En este 70.º aniversario de la independencia, todos los indios debemos renovar el compromiso con una India inclusiva, pluralista, democrática y justa: la India por cuya libertad luchó Mahatma Gandhi.