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Erdogan el Magnifico

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El presidente turco Recep Tayyip Erdogan consiguió su objetivo político de ser el primer presidente del Ejecutivo elegido popularmente, con casi el 53 % de los votos nacionales. Hace un año, Erdogan impulsó una reforma constitucional para transformar la democracia parlamentaria turca en un sistema presidencial altamente centralizado. Ahora esa reforma entrará en vigor. Los cambios constitucionales dan a Erdogan nuevos poderes para designar vicepresidentes, ministros y altos funcionarios; para disolver el Parlamento, ser miembro de un partido político, tener más voz en la designación de jueces en los tribunales superiores, emitir decretos con fuerza de ley e imponer el estado de emergencia. También se eliminó el cargo de primer ministro. Los próximos cinco años Erdogan será jefe de Estado de Turquía, jefe del gobernante partido AKP (Partido de la Justicia y el Desarrollo) y jefe de Gobierno. Y tiene su posición asegurada porque para celebrar una elección presidencial anticipada se necesitan dos tercios de los votos en el Parlamento (algo improbable, dada la cuasimayoría del AKP). Así se ha convertido en el líder más poderoso de Turquía desde que el país comenzó a celebrar elecciones competitivas, inmediatamente después de la II Guerra Mundial. A partir de ahora, la política interna y exterior de Turquía la definirá, básicamente, un solo hombre, lo opuesto de la democracia liberal, uno de cuyos aspectos centrales es la existencia de un conjunto sólido de controles y contrapesos constitucionales diseñados para limitar la autoridad del Ejecutivo. La asignación de poderes excepcionalmente amplios al presidente del Ejecutivo, conforme a la nueva Constitución, es reflejo de una visión de gobierno populista, según la cual el líder electo, como auténtico representante de la nación, no debe enfrentar obstáculos en la búsqueda de los intereses nacionales y solo se podrá juzgar su desempeño cada cinco años. Dos cuestiones importantes limitarán a Erdogan: primero, pese a haber ganado la presidencia, el AKP perdió la mayoría simple en el Parlamento. Esto obligará a Erdogan a buscar alianzas para aprobar leyes. Su alianza con el ultraderechista Partido de Acción Nacionalista (MHP) traerá importantes consecuencias para la política interna (es improbable que el MHP acompañe reformas democráticas amplias para fortalecer las libertades fundamentales) y para la postura internacional de Turquía (la postura inherentemente euroescéptica del MHP restringirá más el espacio diplomático de Turquía para reconstruir la relación con sus socios en Occidente). Otra restricción igualmente importante a la autoridad de Erdogan surge de las vulnerabilidades económicas de Turquía. A diferencia de economías exportadoras de materias primas con superávit de cuenta corriente (como Rusia y Brasil), Turquía depende del ahorro extranjero: impulsa el crecimiento recurriendo a mercados internacionales de capitales para cubrir una necesidad de financiamiento externo anual cercana a $ 250.000 millones, déficit sustancial que es consecuencia de una diferencia crónica entre inversión y ahorro, y del fracaso de los anteriores gobiernos del AKP en implementar reformas estructurales que aumenten la productividad total y mejoren la competitividad internacional del país. Es probable que las restricciones se intensifiquen con el tiempo, con un MHP cada vez más envalentonado por su poder parlamentario y una economía con necesidad creciente de un ajuste potencialmente contractivo. ¿Podrán estas restricciones prácticas sustituir mínimamente las firmes garantías en que se basa un sistema democrático consolidado?

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