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CUARENTENA, DÍAS 5 Y 6: ¿En qué se diferencia un viernes de un lunes?

Cuando esta crisis haya terminado habrá que redescubrir el sentido de lo humano en lo más elemental: el contacto.

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Cuarentena. Día 5 y 6.EXPRESO

Roberto Aguilar publicará este diario hasta el final de la cuarentena por el coronavirus. Puedes leer todas las entregas aquí.

“Ya los días van siendo todos iguales. No puedo distinguir el día de ayer del de hoy. No puedo distinguir el viernes del lunes. A lo mejor la vida era eso: tener días diferentes, cada día con su nombre”. Un tuit le bastó al poeta español Manuel Vilas para expresar en toda su inclemencia el tedio del encierro en tiempos de coronavirus, esa sensación de pesadez de cuando el transcurso del tiempo empieza a parecerse a una aventura de navegación en el mar de los Sargazos: calma chicha, inmovilidad, monotonía. Cielo siempre idéntico. Aguas quietas. Quizá recordaremos estos días como un solo, interminable día.

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“La vida era eso: tener días diferentes”. ¿Y qué los hacía diferentes? Durante el encierro hay que trapear pisos y lavar platos, limpiar polvos y sacar basura, preparar el almuerzo, pasar la aspiradora… El mismo Manuel Vilas, en otro tuit, ha sintetizado así una de sus jornadas sin salir de casa: “Libro, televisión, carne congelada, sartén, clausura, música, lavadora, lata de lentejas, convento, fregona, lata de pimientos, olla, cocina, lata de atún”. El sonsonete monótono de la enumeración, junto a las sugerentes palabras “clausura” y “convento” introducidas en ella (este señor es un gran poeta), nos habla del hastío. No, la vida no está ahí.

Claro que, si los encaramos con empeño, los quehaceres pueden tener incluso su aventura. El escritor quiteño Rafael Lugo (cuya divertidísima novela ‘Tripa Mistic’, que se consigue en línea, recomiendo con entusiasmo para pasar la cuarentena) logró esta semana enganchar a un buen número de sus seguidores en el Twitter con el relato por entregas de su lucha cotidiana contra el huevo frito. Cuán carishino será que no puede prepararlo sin que se le parta en trozos. Un día lo logrará. ¿Será ese día un islote que marque la diferencia en el mar de aburrimiento del encierro? Yo, que me precio de situarme unos pasos por delante en cuanto a habilidades culinarias se refiere, conseguí este sábado, tras varios intentos fallidos, preparar un pesto de Liguria digno de trattoria genovesa, moliendo los piñones, la albahaca con sal en grano, el ajo y el pecorino en mortero de piedra y añadiendo lentamente el aceite de oliva hasta obtener una pasta uniforme. Un logro semejante solo tiene sentido con una condición: compartirlo con alguien.

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La vida era eso: los otros. Lo que hacía que cada día tuviera su sabor particular era precisamente aquello que hoy está prohibido: la proximidad, el contacto con los otros. Entre las predicciones que los sociólogos han comenzado a barajar para el mundo poscoronavirus, la más inquietante es aquella que pinta una sociedad donde los humanos rehúyan del prójimo y se atrincheren tras defensas tecnológicas que los mantengan a distancia. “¿El tacto se convertirá en tabú?”, se pregunta la sesuda Politico Magazine. Si tal cosa llega a ocurrir, ¿qué sentido tendrá preparar pesto de Liguria, incluso un huevo frito?

Hay un libro de Daniel Defoe muy apropiado para reflexionar sobre estas cosas. No su ‘Diario del año de la peste’, que ya lo he visto recomendado por ahí para pasar la cuarentena, sino su mismísimo ‘Robinson Crusoe’. No va de epidemias, pero plantea el más actual de los temas: el contraste entre el aislamiento y la vida en sociedad como dos maneras opuestas de ser-en-el-mundo. Robinson, el náufrago solitario, se las ha arreglado bien en su isla desierta: ha amaestrado un loro que le hace compañía, ha construido un refugio, se ha confeccionado ropa con fibras vegetales, un rebaño de cabras le proporciona leche y carne… Un día, cuenta él, ya con la vida resuelta, “me sorprendió de una manera extraña el descubrir sobre la arena la reciente huella de un pie descalzo. Me paré de repente, como herido por un rayo”.

La cuestión inmediata es obvia: ¿amigo o enemigo? Esa pregunta resume el alcance de su dilema: hasta el momento Robinson se ha enfrentado con una serie de problemas de sobrevivencia y los ha resuelto satisfactoriamente, como cualquier animal; ahora afronta un problema ético, es decir: un problema humano. También nosotros, cuando esto haya terminado, emergeremos de nuestro encierro, Robinsones del siglo XXI, a descubrir nuevamente, en el contacto con los otros, el verdadero sentido de lo humano. ¿Amigos o enemigos?

Tuve suerte el sábado: Valeria, mi pareja, estaba aquí para compartir y celebrar mi pesto. Ella no guarda encierro: tiene una minúscula fábrica (trabajan ella y un obrero) de detergentes de uso industrial, volcada ahora por entero a la elaboración de alcohol gel para la emergencia. Es lo que los noticieros llaman una “trabajadora imprescindible”. Alguien más importante que yo, en suma. Así que durante toda la semana, a lo largo de ese único e interminable día que duró hasta el viernes, a veces sí y a veces no, cociné para mí mismo. Ni recuerdo qué. El sábado y el domingo Valeria se quedó en casa y fueron días especiales: un sábado y un domingo con todas sus letras.