LA CUARENTENA, DÍAS 28 Y 29: La curiosidad salvó al gato

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LA CUARENTENA, DÍAS 28 Y 29: La curiosidad salvó al gato

Vivimos, probablemente la peor crisis económica de nuestra historia. Solo saldremos a flote con la generosidad de todos.

Ilustración para texto de Roberto Aguilar. Diario de la cuarentena, días 28 y 29.
Ilustración para texto de Roberto Aguilar. Diario de la cuarentena, días 28 y 29.Expreso

Roberto Aguilar publicará este diario hasta el final de la cuarentena por el coronavirus. Puedes leer todas las entregas aquí.

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“Nunca antes nuestros gobernantes han tenido que esforzarse tanto para pensar por fuera de todo esquema creado previamente…”. Del otro lado de la línea telefónica, la voz sonaba cargada de excitación y expectativa. Como si el dolor por la tragedia y la dimensión de la crisis (por grandes y densos que fueran) pesaran menos en su ánimo que la curiosidad ante lo que vendrá. Ese tono de voz me decía: algo enorme está por ocurrir y vamos a ser testigos de primera mano, ¿no es apasionante? Por un momento me distraje de sus palabras. Pensé que en la curiosidad de mi amiga Gabriela Pallares (ella misma en medio de la más profunda depresión laboral) reside la semilla del verdadero coraje. “Quizás esa es la actitud que nos sacará a todos del hueco”, me dije, dejándome contagiar, y recordé aquella antigua maldición china que parece haber caído vertical y redonda sobre nuestras cabezas y nuestro siglo: “Ojalá vivas en una época interesante”.

Cuando volví a prestar atención, ella decía: “En momentos como este es cuando más daño nos hace la debilidad de nuestra educación. Mira: nos enseñan a contestar preguntas con respuestas aprendidas, no a resolver problemas. Un día llega una pregunta nueva y nos quedamos boquiabiertos, trastabillando un mes entero sin ser capaces de encarar nada de nada”. ¿No es eso lo que les está ocurriendo ahora mismo a nuestros tibios, impreparados, desesperanzadores gobernantes?

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Sí, es eso. Al diagnóstico de la Gabriela añadiría solo algo más: la mezquindad. Es la mezquindad de nuestros políticos, no el virus, la mayor amenaza que se cierne sobre nosotros. Mírenlos ahí, peleando burdamente por el protagonismo, regodeándose en su metro cuadrado de angurria, aprovechando la tragedia (los correístas por ejemplo, los correístas son siempre los peores) para pescar beneficios, fabricándose un destino político cuando no, directamente, haciendo negocios turbios con los muertos… Y siempre incapaces de ceder la palabra a los que saben. ¿Por qué tenemos que escuchar explicaciones científicas (sobre las características de las pruebas médicas, sobre el comportamiento de la curva de contagiados o lo que fuera) de políticos profesionales como María Paula Romo o Sebastián Roldán que, sobre esos temas, saben lo que cualquiera que se lo haya preguntado al dios Google? Hasta el burro de Donald Trump, probablemente el presidente que peor ha manejado la crisis del coronavirus en todo el mundo, tiene un asesor médico por delante, un científico, Anthony Fauci, que sabe exactamente de lo que está hablando y más de una vez lo ha hecho quedar en el ridículo. ¿Tienen los nuestritos que estar todo el tiempo en el candelero? ¿Qué les va a pasar si se bajan de ahí por un momento? ¿Se nos mueren?

“Un día, de pronto, llega una pregunta nueva y nos quedamos boquiabiertos, trastabillando un mes entero sin ser capaces de encarar nada de nada”. Y cuando, finalmente, tomamos la palabra para responder, no somos capaces de desembarazarnos de los tópicos. Miramos lo que funciona en otros países y pretendemos que aquí se debe hacer lo mismo, como si nuestras condiciones fueran comparables. En estos días, sin embargo, ha quedado claro para todos nosotros que el país se encuentra ante la peor crisis económica de su historia y que su situación es única en el mundo. Nadie la ha descrito mejor que el antiguo representante del Banco Mundial para América Latina, Augusto de la Torre.

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A diferencia del presidente Lenín Moreno, De la Torre habla sin anestesia. Dice “colapso total”, “medidas radicales”, “vulnerabilidad sin precedentes”. Y plantea una ruta de salida que pasa por cuidarnos unos a otros y poner en movimiento todos los mecanismos de solidaridad que seamos capaces de inventar; no esperar que el Estado nos asista y nos solucione los problemas, pues no puede; deponer legítimas aspiraciones, como empresarios y como trabajadores, y llegar a acuerdos temporales que permitan salvar la producción y las fuentes de trabajo; hacer finalmente las reformas estructurales postergadas durante décadas por su sempiterna inviabilidad política (la eliminación del dichoso subsidio a los combustibles, por ejemplo)… En fin, escucharlo hablar (en un audio crudo y claro publicado por 4 Pelagatos) es empezar a divisar la luz al final del túnel. Salvo por una duda cochina: las salidas propuestas por De la Torre exigen una enorme dosis de generosidad. ¿Seremos capaces los ecuatorianos, especialmente las élites (políticas, empresariales, sindicales…) de dejar a un lado nuestras agendas particulares, nuestras aspiraciones, nuestras convicciones ideológicas, nuestros intereses, en fin, nuestra mezquindad? Uno recuerda lo que fue octubre del año pasado y teme lo peor.

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Este país no saldrá adelante sin la generosidad de todos. El encierro debería enseñarnos que esta necesidad de abrir nuestra mente para adaptarnos a lo inconcebiblemente nuevo pasa, necesariamente, por un acto de desprendimiento en el que todos debemos deponer lo que creíamos innegociable. ¿Seremos capaces? Se vienen, quizá, tiempos radicalmente distintos a todo lo que hemos conocido. ¿No es apasionante? ¿No les da curiosidad?