CUARENTENA, DÍAS 26 Y 27: Otto es el dueño de la pelota y del virus

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CUARENTENA, DÍAS 26 Y 27: Otto es el dueño de la pelota y del virus

Entregado a su campaña, el vicepresidente de la República nos ilustra sobre uno de los rostros de la política que debe ser barrido

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Roberto Aguilar publicará este diario hasta el final de la cuarentena por el coronavirus. Puedes leer todas las entregas aquí.

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Una cosa más que los políticos no entienden: que los tiempos están cambiando. Es irritante. El mundo, aguantando la respiración mientras los sistemas autoritarios y democráticos compiten por demostrar cuáles son los más eficientes para afrontar la crisis del coronavirus. Desde Estados Unidos hasta Brasil, el populismo estrellándose contra la realidad; desde Asia hasta Europa, las sociedades del conocimiento erigiéndose como únicas alternativas viables al nuevo mundo que se viene. Los políticos, acostumbrándose a la idea de que si no cambian serán barridos del mapa. Y acá, como si nada pasara, las mismas viejas broncas, los mismos viejos estilachos de gallito de pelea, las mezquindades de siempre.

- ¡Guayaquil está sola!

- ¡Hable menos y haga más!

Pobre Guayaquil. Lo único que le faltaba era contemplar el espectáculo de dos inconscientes peleándose por el protagonismo mientras la emergencia sanitaria lo desborda todo, empezando por ellos. En esta bronca grotesca y ofensiva, al vicepresidente Otto Sonnenholzner, en la cresta de la ola de su campaña electoral para las presidenciales de 2021, le cupo el privilegio de pronunciar la que posiblemente pasará a la historia como la pelotudez más vergonzosa de la cuarentena: “Ella recién se reincorpora a esta crisis -dijo refiriéndose a la alcaldesa Cynthia Viteri-, yo tengo treinta días en esta lucha”. O sea que Viteri no puede hablar porque recién llega. No es por defender a la alcaldesa, que tampoco se lo merece, pero la conducta del vicepresidente es tan infantil como la del niño que se lleva la pelota de la cancha alegando que es suya. Tanto se le han subido los humos a este caballero que ahora hasta se cree dueño del coronavirus.

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Siete veces por minuto dice Sonnenholzner que no está haciendo política, pero nadie como él se encuentra entregado a una campaña con tanto entusiasmo y tanta cobertura mediática. ¿Que no está haciendo política? La está haciendo, sí, y al estilo correísta: con propaganda por delante. Una de las cosas que los ecuatorianos recordaremos de este encierro es la imagen que forjaron de él sus publicistas y posicionaron la Secretaría de Comunicación de la Presidencia y los medios oficiales: el video abiertamente publicitario que tardó tres días en desautorizar; las fotografías que lo muestran en mil distintas heroicas posiciones... Siempre en contrapicado, es decir, con la cámara dirigida de abajo hacia arriba para incrementar la sensación de grandeza del retratado, como lo sabe cualquier estudiante de cine de primer año. Pobrecitos los fotógrafos del vicepresidente: todo el tiempo andan en cuclillas.

Sonnenholzner en contrapicado con los brazos en jarra, los puños apoyados sobre las caderas, la mirada concentrada, rodeado siempre de un equipo que espera órdenes suyas. Sonnenholzner en contrapicado entregando fundas de alimentos a los pobres. Sonnenholzner en contrapicado recorriendo los hospitales. Sonnenholzner en contrapicado multiplicándose sobre el terreno en tareas no del todo claras que probablemente no requerían su presencia. Porque ¿cuál es la necesidad de que el vicepresidente de República, personalmente, se dedique a entregar víveres a los pobladores de la Isla Trinitaria? ¿No sería más útil coordinándolo todo desde su despacho? Claro que sí, pero resulta que coordinar desde un despacho no da buenas fotos. Por algo el vicepresidente se ha ganado ya el mote de “Selfieholzner” en las redes sociales.

¿Exagero? Busquen en la cuenta de Twitter del vicepresidente el video etiquetado como #AplausoDeVida, en el que aparecen él y varios figurantes ovacionando desde la vereda a los médicos del Hospital de Especialidades de Portoviejo. “Un aplauso para nuestro héroes” se lee impreso sobre la imagen en la tipografía oficial de la campaña. Y Sonnenholzner, que al arrancar el video se encuentra, uno en el montón, rodeado de personas que aplauden en dirección a los pisos altos, pronto se desmarca de su compañía, da unos pasos hacia adelante haciendo alharacas de agradecimiento (juntando las manos en actitud orante, levantando los pulgares) y se sitúa en primer plano. Luego es captado desde atrás, en contrapicado, con el hospital al fondo, solo y único rindiendo aparente homenaje a los médicos que apenas se adivinan tras los cristales pero, en realidad, recibiéndolo, él, la estrella del video, el dueño del virus. Hay que ser un genio de la publicidad para alzarse con el protagonismo de una escena en la que el homenajeado es otro.

Recuerdo cuando la Asamblea votó por Sonnenholzner para ocupar la vicepresidencia vacante. En los bloques de CREO y el socialcristianismo se hablaba de él como si fuera el conde Vronsky, de Ana Karenina: “Es rico, buen mozo, ayudante de campo del emperador, tiene muy buenas relaciones y, a pesar de todo esto, es un buen muchacho”. Buenísimo. Hoy, “Sentado sobre los muertos que se han callado en dos meses”, como dice el poema de Miguel Hernández pero en las antípodas de su significado, este buen muchacho pavimenta su ruta hacia las presidenciales de 2021 y nos ilustra, a nosotros que permanecemos encerrados y mudos, sobre uno de los rostros de nuestro sistema político que no debería sobrevivir al coronavirus.