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Cuando Arauz no miente, pierde

Por una vez el candidato correísta dijo la verdad. El resultado fue un escándalo del que solo pudo salir con más mentiras.

Andrés Arauz en el debate presidencial
Debate. Fue una mala noche para el candidato correísta. Salió de ahí consagrado como mentiroso.Cortesía

Al candidato correísta le ganó la vanidad. Sabiendo que en el debate presidencial se mediría con un bachiller de la República, no pudo evitar la tentación de echar mano de cuanto pudiera abultar su hoja de vida para hacer ostensible su superioridad profesional y académica. Y como tenía que alardear de lo mucho que conoce el Banco Central del Ecuador por dentro, no supo aguantarse las ganas de incluir el dato que llevaba meses ocultando: “Funcionario de carrera del Banco Central del Ecuador 2006-2020”. Por una vez Andrés Arauz había dicho la verdad. Y ese fue su gran error, porque la verdad lo desprestigia. Tanto, que para librarse del escándalo volvió a mentir. Y así fue como el candidato correísta terminó la semana que había comenzado al ritmo del “Andrés, no mientas otra vez”: mintiendo.

Ya mentía en su web oficial (andresarauz.ec), donde hasta ahora se lee: “En 2017, tras la llegada de Lenín Moreno, se separó de cargos en el sector público”. Ahora sabemos, porque él lo ha confirmado, que no se separó del nada hasta mayo de 2020. Durante todo este tiempo él ha sido parte de un gobierno del que no para de hablar pestes. Mentían también los suyos en la página del CELAG (Centro Estratégico Latinoamericano de Geopolítica, un proyecto de empleo para académicos chavistas de las tres Américas en épocas de vacas flacas), donde se repite la misma historia: “Con la toma de posesión de la Presidencia por parte de Lenín Moreno -se dice ahí- y la conformación de su primer gobierno en mayo de 2017, Andrés Arauz se separó de los cargos institucionales y se volcó en su trayectoria académica”.

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¿Por qué era tan importante mantener esa mentira? Porque esa fue, supuestamente, la digna actitud de los correístas honorables ante la ruptura (traición, dicen ellos) de Lenín Moreno: renunciar a los cargos públicos. Así lo hicieron Guillaume Long, Paola Pabón, Virgilio Hernández, Ricardo Patiño y hasta funcionarios de menor perfil como Diane Rodríguez. Era lo “ético y consecuente”, había gruñido Patiño en un tuit rabioso mientras el líder prescribía desde Bélgica: “En la revolución ciudadana nadie se vende por un mendrugo”.

Y sí, bueno, por un mendrugo quizás no. Pero una jugosa liquidación es otra historia. Cuando Lenín Moreno rompió con Rafael Correa, Andrés Arauz no renunció a su cargo de libre remoción en el Banco Central como ha mentido durante toda su campaña. Prefirió pedir licencia sin sueldo y seguir acumulando años de antigüedad para cobrar más dinero cuando le tocara irse y vendiera su renuncia. Si hasta mayo del año pasado, poco antes de aceptar la candidatura del correísmo a la Presidencia, Arauz se mantuvo, en los papeles, como funcionario de un gobierno que detestaba, no fue a cambio de un mendrugo, obviamente, sino de 27.500 dólares de dinero público cobrados en tiempos de pandemia y crisis económica. 27.500 dólares por 12 años de servicio de los cuales trabajó dos y se gastó los diez restantes en comisiones de servicio, a veces con sueldo, a veces sin sueldo.

El paso de Andrés Arauz por el Banco Central, sobre el que continuó mintiendo hasta la noche del jueves en tuits tan contradictorios que tuvo que borrar uno para poner otro, es un muestrario de todos los vicios del piponazgo ecuatoriano. Según un documento oficial de la oficina de Recursos Humanos de ese organismo, que tuvo profusa publicidad en las redes, él recibió su nombramiento permanente (“gané un concurso”, dijo) cuando tenía 21 años, el 30 de octubre de 2007. Apenas un mes y una semana después, el 7 de diciembre, se mandó a cambiar: comisión de servicios con remuneración. Desapareció todo el 2008 y más de la mitad de 2009, exactamente hasta el 18 de agosto. Durante ese tiempo continuó cobrando su salario mientras trabajaba en otro lado. ¿Dónde? Según su propio currículum, en el ministerio coordinador de la Política Económica.

“No entiendes que fui funcionario de carrera del Banco Central desde que gané el concurso en 2006”, tuiteó (y después borró) Arauz en respuesta al asambleísta electo Fernando Villavicencio, que le exigía explicaciones. La verdad es que en el Banco Central lo único que hizo fue ir juntando años. Su carrera la desarrolló en otros lados: Subsecretaría de Planificación, Servicio Nacional de Contratación Pública, Ministerio de Conocimiento y Talento Humano… En el Banco Central nomás le guardaron el puesto y finalmente le compraron la renuncia por 27.500. Muy ventajoso.

Con todo y lo dicho, todavía encuentra el candidato correísta espacio para victimizarse: “Los banqueros pidieron que me despidan. Fin”, fue su último tuit sobre este asunto, con video incluido: “Fui despedido sin ninguna razón -dice después de haber admitido que no trabajó cuatro años-. Coincidió que fue pocos días después de declaraciones mías respecto a la fuga de capitales ocasionadas y motivadas por ciertos banqueros del Ecuador en plena pandemia”. No se molesta el candidato correísta en aportar pruebas para sus afirmaciones, por gruesas que estas sean.

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El episodio de Arauz y el Banco Central del Ecuador se produce en el momento más bajo de la campaña correísta y cierra la peor de sus semanas. Ya el lunes, una acusación de Fernando Villavicencio en la Fiscalía puso en tela de duda la legalidad de sus fondos de campaña. Los correístas habían proclamado el éxito de su crowdfunding, que según Andrés Arauz y Carlos Rabascall logró recaudar la bicoca de un millón de dólares entre fines de diciembre y mediados de febrero. Esa cifra lo convierte en el crowdfunding más exitoso de la historia de América Latina. Resultaba simplemente inverosímil: primero, porque no hicieron ninguna campaña; segundo, porque el propio Arauz anunció a sus potenciales aportantes que “ya está habilitada la cuenta” recién el 24 de febrero. Todo parece indicar que es una nueva mentira. Pero, ¿para ocultar qué? Villavicencio cree que se trata de una operación de lavado de dinero.

Todo esto, bajo la sombra del debate presidencial del domingo pasado. La frase “Andrés, no mientas otra vez” se convierte en letra canción, motivo de camiseta, recurso humorístico de uso generalizado hasta el extremo de que no hay otra que defina mejor esta campaña. Y mientras esto ocurre, Andrés, como impulsado por una fatalidad que lo gobierna y de la cual no puede sustraerse porque es más fuerte que él, sigue mintiendo, tuit tras tuit, video tras video, discurso tras discurso, mintiendo sin parar. Infantilmente, a veces, como cuando incluye a Guillermo Lasso en la lista de los vacunados VIP, sabiendo que no hay nada más fácil que comprobar lo contrario; desesperadamente, casi siempre, como cuando se inventa atenuantes para justificar su piponazgo o campañas de recaudación inexistentes para explicar su flujo de caja. “Andrés, no mientas otra vez” es mucho más que una muletilla: es el leitmotiv del personaje, la esencia que lo define. ¿Por qué no para de mentir cuando todo el mundo se ríe de él por mentiroso? Simplemente porque no tiene más remedio. Fin.