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Finalmente hubo debate, pese al comité de debates

Los organizadores no pusieron una sola pregunta relevante. Guillermo Lasso logró imponer un leitmotiv.  Andrés Arauz, en cambio, fue errático con el suyo.

Debate presidencial, 21 de marzo de 2021
Candidatos. No siempre estuvieron solos. En las pausas, sus asesores los aconsejaron.Cortesía CNE

Finalmente sí: a pesar del comité de debates, hubo debate. Las interminables preguntas que incluían hasta tres o cuatro temas cada una, con minuto y medio para responder; la camisa de fuerza de los tiempos (un minuto para esto, 30 segundos para aquello), que eliminó toda fluidez en el intercambio y facilitó a ambos candidatos adoptar, a ratos, la estrategia de no responder lo que no les convenía; el acotadísimo papel de apuntador confiado a la moderadora, que eliminó toda noción de periodismo de este encuentro; el inexplicable protagonismo que quisieron asumir los organizadores, a través de una serie de videos infográficos que no eran otra cosa que un embutido de datos y que no cumplieron función alguna... A pesar de todas estas cosas, que parecían diseñadas científicamente para dinamitar el debate, este se produjo finalmente: y no fue un debate entre dos planes de gobierno sino entre dos personalidades.

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En cuanto al lenguaje corporal, que suele ser una de las claves de este tipo de encuentros, el Ecuador tuvo anoche dos horas para contemplar y comparar dos estilos de sonrisa. La de Arauz, quien parecía recordar súbitamente su obligación de exhibir los dientes en los últimos tres segundos de cada intervención, se volvió a menudo despreciativa y hostil. La de Lasso, a ratos tensa, fue relajándose poco a poco, a medida que su leitmotiv de la noche iba ganando fuerza: “Andrés, no mientas otra vez”.

Si el debate lo gana quien logra posicionar una idea en el imaginario del público, quizás haya que conceder el triunfo al candidato de CREO. Así como la frase “míreme a los ojos”, lanzada por León Febres Cordero a Rodrigo Borja, terminó convertida en el símbolo por el que se recuerda el debate de 1984, el de 2021 pasará a la historia por esa muletilla. Lasso repitió la frase “Andrés, no mientas otra vez” decenas de veces y prácticamente en todas sus intervenciones. Arauz, en cambio, se mostró bastante errático en la manera de vender su idea fuerza, que consistía en identificar a Lasso con los privilegios de una banca que antepone sus intereses a los del país y que cogobernó con Lenín Moreno. Tuvo, sí, una frase bien diseñada: “Nosotros pusimos a Moreno, ustedes lo compraron”. Pero la cuota de autoinculpación que tal afirmación implicaba le impidió servirse de ella más de dos veces.

El fantasma de Rafael Correa se cirnió sobre Arauz durante toda la noche. Si desmarcarse de la sombra del expresidente ha sido la prioridad estratégica de su campaña de segunda vuelta hasta el extremo de cambiar su logotipo (donde antes aparecía la cara del líder prófugo de la justicia hoy se encuentran dos triángulos como improvisada abstracción de las iniciales A.A.), el debate vino a demostrar que tal intento es imposible. Arauz no se desmarca de Correa porque no se atreve. Fue evidente, por ejemplo, cuando se tocó el tema del Yasuní. “Siempre te quedaste callado”, le acusó Lasso a propósito de la consulta popular que el propio Arauz, en un espacio infinitamente menos expuesto que este, admitió que fue robada a los Yasunidos por el gobierno de Correa. Fue una buena oportunidad para que expresara su desacuerdo con su líder. Pero no pudo: cambió de tema.

Tampoco supo qué decir cuando Lasso le puso algunos de los horrores de su gobierno por delante, empezando por el asesinato del general Gabela. Arauz pataleó y recurrió a los supuestos crímenes de lesa humanidad cometidos por Lenín Moreno en octubre de 2019. Otro tema del que no se atrevió a decir una palabra fue Venezuela. Horas antes, Rafael Correa había publicado en redes un video en el que defendía al régimen de Maduro. No sería él quien lo contradijera.

En cuanto a Lasso, empezó el debate de la peor manera: ignorando de manera olímpica a su antagonista. Lo hizo incluso cuando la pregunta que éste le había planteado era un juego de niños: “Entre el beneficio del Ecuador y el de su banco, ¿cuál elige?”. Y Lasso se puso a hablar de la pandemia, como si no fuera con él. Sólo respondería una hora más tarde, seguramente porque se lo dijeron sus asesores. como hizo notar hábilmente Arauz. Otra pregunta que dejó sin contestar tenía que ver con su compañero de fórmula, Alfredo Borrero: “¿Puede usted decir si él se vacunó?”. En el Twitter, el aludido se apresuró a contestar que no. Pero Lasso calló y dejó instalada la duda.

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Sí desmintió, en cambio, con un sonoro “Andrés, no mientas otra vez”, la acusación de que sus propiedades están a nombre de “empresas fantasmas”. Y por enésima vez exhibió el informe de la comisión nombrada por Rafael Correa para investigar el feriado bancario, en el que se lo libra de toda responsabilidad.

En resumen: en esta ocasión sí hubo choque de trenes: los organizadores no pudieron evitarlo. Ninguna de las preguntas planteadas por ellos, ni una sola, fue relevante para el contenido del debate. Fueron los propios candidatos los que pusieron sobre la mesa las cuestiones importantes. Para los espectadores hubo una incómoda sorpresa: las pausas publicitarias del Consejo Nacional Electoral que interrumpieron el encuentro cuatro veces. El hecho de que, durante esas pausas, un equipo de asesores rodeara a los candidatos como entrenadores de box en las esquinas del cuadrilátero, vuelve aún más cuestionable este formato. Los organizadores siguen tratando de proteger a los candidatos de aquello que deberían incentivar: el debate.