El ‘cross over’ del Chulla quiteño

  Quito

El ‘cross over’ del Chulla quiteño

Las actividades que más aglomeraciones atrajeron en estas celebraciones fueron los simples botellones en las calles. Las fiestas de Quito no tienen norte ni agenda común

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Agencia (ag-expreso ag-extra ag-quito) ag-periodistas-quitoKarina Defas

Fiestas de Quito: los canales de la televisión nacional compiten con tomas espectaculares del centro histórico captadas desde los drones. Suena por enésima vez la versión pop de ‘El chulla quiteño’ que venimos escuchando desde hace 45 años, hecha con sintetizadores, percusión electrónica y voces de terciopelo, estrenada por el grupo Tradición de España en las fiestas de 1976 y convertida, desde entonces, en la única existente para todos los usos oficiales. Quizá porque atempera el ostensible acento cholo del pasacalle original y confiere a la canción un cierto aire internacional descafeinado, más compatible con las nuevas identidades urbanas de cartón piedra que ya aparecían por ese entonces.

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Los drones recorren a vuelo de pájaro la Virgen del Panecillo, que en cierto momento alguien mandó a pulir hasta reducir a un armatoste de lata burdamente cuadriculado; atraviesan las bandadas de palomas en la plaza de San Francisco, sobrevuelan la Compañía y la catedral, ofrecen la mejor vista de Carondelet, giran en 360 grados en torno al monumento a la Independencia y se dirigen al mamotreto de hormigón convertido (desde hace no más de 15 años) en el emblema de la capital: la Basílica del Voto Nacional, cuyos contrafuertes semicirculares de cemento burdamente fundido, como extremidades de juguete, parecen anunciar a gritos la incapacidad de sus constructores para entender los fundamentos del estilo que trataban de imitar. Los reporteros se desviven en alabanzas a lo que llaman “las cúpulas del centro histórico” (y que confunden con las torres) o celebran los encantos de la arquitectura colonial ante la fachada del Teatro Sucre, construido en la segunda mitad del siglo XIX.

El caso es que el centro histórico (la postal de cada diciembre) ha dejado de significar absolutamente nada para la mayoría de quiteños. En los gigantescos barrios del extremo norte de la capital (Calderón, Comité del Pueblo, Pisulí), donde parece confirmarse violentamente la teoría de que la función estética es un lujo para quien pueda costeársela, centenares de emigrantes pobres (de Esmeraldas, de Manabí, de Chimborazo…), incluso de segunda generación, quizás empleados en los sectores industriales de las inmediaciones, viven sin el menor contacto con aquello que la retórica oficial capitalina considera el alma de la ciudad. Es gente que no ha pisado el centro histórico ni por casualidad y que sería incapaz de distinguir la Compañía de San Francisco. Y ni le importa ni le hace la menor falta.

En el otro extremo de la escala social se encuentran las urbanizaciones de esa antigua zona de huertos y árboles frutales ubicada hacia el oriente de Quito, hoy completamente urbanizada. Las élites de la ciudad huyeron hacia allá en desbandada y la convirtieron en la capital mundial de la garita, donde para ir de visita a la casa de un amigo hay que cargar la cédula de identidad; un lugar donde las veredas, cuando existen, tiene 30 centímetros de ancho, donde el transporte público es una posibilidad inexistente y donde todo (los semáforos, los cruces, el diseño de las vías...) todo está pensando en función de los vehículos privados… Y la llamaron Cumbayork: triste testimonio de la fatuidad y de la pretenciosa miseria de las élites capitalinas. Resulta que también ahí el centro histórico es un ente no menos desconocido que en los hacinados barrios populares del extremo norte de la ciudad. Son comunes las anécdotas ocurridas en la Universidad San Francisco, la más cara de Quito, la universidad de Cumbayork, donde los profesores han tenido que explicar a sus alumnos qué cosa es el centro histórico y dónde queda.

Este fenómeno (el de una ciudad carente de un espacio público común de reconocimiento y encuentro social, especialmente en una fiesta) es probablemente único en su género o quizás propio de urbes en descomposición, como es Quito en estos momentos. No se debe a la diversidad de sus habitantes: hay ciudades más diversas donde esto no ocurre. Un puertorriqueño de Queens sabe que Times Square, en Manhatan, es el lugar de las celebraciones donde la gente de distintas procedencias se junta en un ambiente horizontal, igualitario y pacífico. También en el Ecuador existen, guardando las distancias, lugares parecidos: en el Malecón de Guayaquil se reconocen todos; las manzanas que rodean al parque Calderón de Cuenca son un lugar de encuentro para la ciudad entera, donde la actividad no cesa. En cuanto a Quito, el aclamado centro histórico es un cementerio por las noches. ¿A quién se le ocurre ir para allá después de las siete? ¿Para qué? Excepto los burdeles, todo está cerrado.

Entonces vienen las fiestas y la gente, ávida de celebraciones, invade las calles. ¿A dónde va? Adonde se pueda beber, cometer excesos, desmandarse por una o dos noches. Ocurre en todo el mundo. El problema no son los excesos, propios de toda fiesta (desde los chupinazos de San Fermín, en Pamplona, hasta el Oktoberfest, en varios lugares de Alemania): el problema es la falta de cohesión de una sociedad que, por no tener, no tiene ni siquiera un espacio público de encuentro y reconocimiento horizontal, democrático, donde el otro se perciba como un semejante. Ni una actividad que resulte atractiva para todos (los taurinos aseguran que esa actividad era la Feria de Quito, que nunca fue lo elitista que su leyenda negra pregona). Entonces la gente decide que sea la avenida de Los Shyris. Y trago del más fuerte. Y puñetazos a diestra y siniestra. Luego viene el Municipio y cree que la culpa es del alcohol. Y que se trata, por tanto, de controlar. Error de concepto: siempre hay que controlar, pero no se puede convertir la fiesta en una guerra entre ciudadanos y policías. Con las calles llenas de vallas. Con gorilas en moto que embisten contra los borrachos y que resultan más agresivos, más arbitrarios y más intemperantes que ellos. Con un alcalde, tan perdido, tan incapaz de comprender lo básico, planteándose suspender las fiestas. ¡Suspender las fiestas! Debió hacerlo. Habría logrado la cohesión social que tanta falta hace.