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Gabriela Rivadeneira, el megáfono de la mayor distopía política del país

Avatar del José Hernández

Rivadeneira es el espejo en el que Correa se quiere mirar mientras sueña con volver para vengarse.

El nombre era lo de menos. Lo esencial en este caso es el perfil. Alguien dúctil. Dependiente y sumiso. Leal, fascinado y entregado al líder. Convencido —teatralmente se entiende— de pertenecer a un grupo de iluminados y de haber sido elegido para cumplir una tarea heroica. Ese complejo de salvador le autoriza a otorgarse un diploma de superioridad moral para restregar a su paso y alardear sin pudor de una obediencia ciega.

Gabriela Rivadeneira cumple estos requisitos. Tiene más cualidades: es moradora del pasado, nostálgica de dictadores y devota de lemas épicos tan jurásicos como estériles. Otro atributo, poco común, es su temeridad: cuando tiene que ser ridícula, lo hace sin poses. Le brota con una naturalidad de la que muchos de sus camaradas carecen.

No se entiende por qué algunos se sorprendieron de que Rafael Correa la haya preferido, antes que a otros activistas con más luces, para figurar como presidenta de la Revolución Ciudadana. Ella es su eco. Calza perfectamente en el formato que él diseñó de la acción partidista: avanzar en forma decidida con la mirada clavada en el retrovisor.

No hay utopía en juego. El mundo que Rivadeneira llega a defender y justificar (no a prometer), ya existió. Esa ficción tornó en distopía autoritaria. Hubo deshumanización. Hubo perseguidos, presos y desaparecidos. Hubo acoso y prensa amordazada. Hubo robos y peculados inimaginables. Hubo nuevos ricos, elefantes blancos y deudas a granel. Y de todo eso hay pocos condenados y prófugos.

Rivadeneira es el espejo en el que Correa se quiere mirar mientras sueña con volver para vengarse. Él necesitaba a alguien para figurar, solo eso, en un cargo que es suyo. Como todas las decisiones. También le pertenece ese simulacro de movimiento que por voluntad suya no es partido. Allí necesitaba un súbdito alucinado. Gabriela Rivadeneira es perfecta. Fue capaz de asilarse en México sin que una amenaza judicial pesara sobre ella. No vaciló en sacar partido a ese estatus político mentiroso durante seis años y en regresar como si hubiera estado de vacaciones.

Escogerla no prueba que la ceguera política de Correa haya aumentado. Tras ser de extrema derecha —así cuenta Fabricio Correa que era visto en Lovaina —, él halló en el castrismo y el chavismo su modelo: un caudillo, el partido único, elecciones tramposas para eternizarse en el poder, una sociedad rehén y secuaces y prestanombres para robar y hacer su voluntad.

Como Chávez, él utilizó los movimientos y partidos mal llamados progresistas y de izquierda. Los Gustavo Larrea, los Alberto Acosta, los corcho Cordero, los Andrés Páez, los Humberto Cholango, los Ruptura de los 25... Los usó como peldaños y luego les hizo cavar una tumba y gentilmente los enterró. Algunos nunca volvieron.

La distopía correísta tiene lustros. Y Gabriela Rivadeneira no modificará en nada lo que ha sucedido con Luisa González y antes con Marcela Aguiñaga; experta en esos años en ser “sumisa una y mil veces” y en aparecer con Xavier Jordán.

Rivadeneira fue escogida para mantener la ilusión de la perfección. Ese es el motor conceptual y narrativo de la distopía. Es la vitrina que usaron para disfrazar la realidad y hacer que los ciudadanos duden de todo. De sus percepciones, de sus opiniones, de sus juicios, hasta de la memoria.

En esa distopía, la Revolución Ciudadana es tan perfecta, como impoluta. Nada tiene que cambiar. Seguirá haciendo odas a Miguel Díaz-Canel y al narcodictador Maduro. Seguirá diciendo que Jorge Glas es un detenido político y que Rafael Correa no fue condenado por cohecho agravado sino por influjo psíquico. Tanta perfección requiere una gran fanática con megáfono. Llegó Rivadeneira. Ella es el rostro marchito de ese movimiento que instaló al Ecuador en la mayor distopía política de su historia.

No hay cómo llorar sobre la leche derramada. Pero es dramático para el país tener la mayor fuerza política de la oposición dedicada a justificar y tratar de reinstalar en el poder un gobierno caracterizado por sus convicciones totalitarias, la angurria y los vínculos con el crimen organizado.