
El ejército de los mil ascensos
ANÁLISIS: Ante la presencia de buques estadounidenses, Maduro replicó con la activación de millones de supuestos combatientes
En los últimos días, Venezuela ha vuelto al centro de la tensión internacional. No se trata únicamente de un cruce de declaraciones: Estados Unidos ha desplegado una flotilla de destructores frente a las costas caribeñas como advertencia directa al régimen de Nicolás Maduro, al que acusa de proteger estructuras del narcotráfico. La respuesta chavista fue inmediata: movilizaciones militares, anuncios de ejercicios de combate y un discurso de resistencia que evocó a Bolívar, pero que se apoya en un aparato armado que poco tiene de épico.
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Ante la presencia de buques estadounidenses, Maduro replicó con la activación de millones de supuestos combatientes y con desfiles militares televisados para reforzar la imagen de un país preparado para la guerra. Sin embargo, detrás de ese espectáculo se esconde un panorama muy distinto: el de una Fuerza Armada Nacional Bolivariana (FANB) fragmentada, inflada en rangos y atravesada por milicias y colectivos cuya eficacia real está más en duda que nunca.
La FANB está oficialmente compuesta por cinco ramas: Ejército, Armada, Aviación, Guardia Nacional y la Milicia Bolivariana. Pero es esta última la que concentra los reflectores. Con anuncios de hasta cuatro millones de milicianos campesinos y ciudadanos, mal armados y peor entrenados, el régimen simula un respaldo popular masivo que, en la práctica, es poco más que un ejército de papel. Son, más que soldados, piezas de propaganda.
El verdadero núcleo de la FANB tampoco escapa al desorden. El Ejército venezolano tiene una peculiaridad única: la hipertrofia de sus altos mandos. Solo en julio de este año, Maduro ascendió a 99 nuevos generales de comando, entre divisionarios y brigadistas. Se calcula que en total la FANB supera los 2.000 generales y almirantes, el doble de los que posee Estados Unidos, a pesar de que el presupuesto y el tamaño de las tropas venezolanas son ínfimos en comparación. Es un ejército donde los ascensos se conceden por lealtad al poder, no por méritos ni necesidad estratégica, teniendo como resultado que estos mandos solo se dediquen a robar y justificar sus prebendas que ser estrategas eficaces de un ejército moderno y disciplinado.
Colectivos armados
A esta inflación de grados se suman los colectivos armados: grupos paramilitares que operan con tolerancia del Estado, a veces aliados de la Guardia Nacional, a veces en competencia con ella. Se les atribuye control territorial, represión de protestas y actividades criminales. El mapa militar venezolano incluye así un enjambre de estructuras: fuerzas regulares debilitadas, milicias masivas sin preparación, paramilitares violentos y un cuerpo de generales y coroneles que crece año tras año.
En un escenario de enfrentamiento real, la ironía se impone: la Armada venezolana poco podría hacer frente a destructores con misiles de crucero; la aviación bolivariana apenas puede mantener en vuelo una fracción de sus cazas Sukhoi; y las milicias campesinas, con fusiles de museo, serían carne de cañón más que soldados de resistencia. La guerra no se ganaría en los discursos televisados ni en los ascensos masivos, sino en la capacidad de fuego, logística y coordinación: ámbitos en los que la FANB exhibe fragilidad.
La militarización de la política ha sido la gran apuesta del chavismo. El uniforme se convirtió en garante de fidelidad. Ascender a un oficial es más barato que generar prosperidad. Condecorar, nombrar, entregar prebendas, ha sido la manera de construir un escudo de poder. Pero lo que hoy presenta Maduro como muro de contención frente a Estados Unidos es, en realidad, una estructura de mando fragmentada y saturada de intereses personales.
El chavismo intenta hacer creer que está listo para enfrentar a la mayor potencia militar del mundo con milicianos campesinos, ascensos desbordados y colectivos urbanos. Lo que en realidad proyecta es fragilidad, un teatro militar para ocultar que el poder real ya no está en la eficiencia del ejército, sino en la capacidad del régimen de usarlo como instrumento político.
Esa es la paradoja de Venezuela: cuantos más coroneles y generales proclama, menos ejército real tiene. Y cuanto más presume de milicianos, menos pueblo armado de verdad lo respalda. Lo que queda es un simulacro, un ejército de fanáticos clientelistas, un pandemonio que sirve para asustar al adversario externo y controlar al interno, pero que difícilmente resistiría la prueba de un conflicto real.
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