Mauricio Velandia | El poder del Labubu
Este continente sigue bajo la órbita de Estados Unidos. No solo desde el punto de vista militar, sino cultural
Dos niños juegan a ser helicópteros. Imitan a los que vieron en la televisión sosteniéndose en el aire junto a un edificio alto durante la captura de Maduro. Uno hace la mímica, con ruidos en la garganta, de estar suspendido en el aire. El otro responde igual. Mientras hablan, cada uno está colgado de un árbol distinto, balanceándose sin miedo a que la rama se rompa. Uno grita que el petróleo es suyo. La escena es brutalmente exacta.
El mundo que estos niños reproducen en su juego es el mismo del que se ha hablado esta semana. Un mundo dividido en dos grandes masas que se observan con desconfianza. Oriente y Occidente no como espacios geográficos, sino como sistemas culturales distintos y en abierta competencia económica. En Occidente se come pan, carne y vino mientras se discute al individuo. En Oriente se comparte arroz, sopa y té mientras se piensa en la armonía del conjunto. Unos se formaron leyendo a Locke y Montesquieu, otros a Confucio y Lao Tse. Unos privilegian la espontaneidad, otros la disciplina.
Esa diferencia se proyecta sobre los océanos. En el Pacífico se concentran tensiones donde se cruzan rutas comerciales, tecnología, energía y control marítimo. En el Atlántico ocurre algo similar. En ambos espacios, las grandes potencias protegen intereses económicos estratégicos. Cada país quiere ajustar su conducta según le convenga, pero la realidad y la historia reflejan que no siempre puede.
La captura de Maduro confirma una verdad incómoda para muchos y tranquilizadora para otros. Este continente sigue bajo la órbita de Estados Unidos. No solo desde el punto de vista militar, sino cultural. América Latina tiene una identidad occidental profundamente arraigada. Habla más inglés que mandarín. Consume más cine, música y productos simbólicos occidentales que orientales. Sus universidades miran a Europa y a Norteamérica. Sus aspiraciones migratorias también.
China ha avanzado de manera impresionante y sería ingenuo negarlo. Ha ganado espacio económico, comercial y tecnológico. Pero aún no ha logrado borrar el impacto psicológico que producen los helicópteros que vuelan bajo, el ruido que anuncia intervención. El miedo también es un lenguaje y todavía se pronuncia en inglés.
América Latina compra tecnología china, ropa china, juguetes chinos, electrodomésticos chinos y también le compra a EE.UU. Compra volumen, compra precio, compra conveniencia. Pero una cosa es consumir y otra muy distinta es identificarse. La hegemonía cultural no se mide solo en contenedores, sino en imaginarios, en aspiraciones y en reflejos automáticos.
Los niños bajan del árbol. Se devuelven a casa. En la sala, la televisión transmite una serie estadounidense doblada al español. En la mesa, un juguete chino espera. El mundo, como siempre, no elige bandos. Elige precio. Llega el noticiero, se anuncia que Petro se reunirá con Trump y de esa reunión vendrá algo revelador, como que EE.UU. puede parecer no interesado en la etiqueta ideológica de sus interlocutores, sino en qué tan útil es cada país para sus intereses de soberanía económica y de seguridad nacional. El mundo sigue dividido en bloques, pero el Labubu duerme tranquilo. Sabe que mañana volverán a comprarlo.