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El aire de la aerovía

"Los primeros usuarios de la aerovía: curiosos y visitantes foráneos. Era lógico, para una nueva atracción en una ciudad con escasa opciones de ocio"

No existe ciudad grande en el mundo que apueste por cubículos con capacidad de pasajeros limitada como medio de transporte masivo. Existen los funiculares y los teleféricos en muchas partes, pero siempre con una misión específica: a veces transporte a zonas de difícil acceso, a veces para turistas.

La práctica ya ha desmontado en sus primeras semanas la utilidad de la aerovía de Guayaquil escrita en papel. Filas de curiosos y algunos visitantes han ido a probar la nueva ruta aerosuspendida para atravesar la hermosa vista del río Guayas desde el aire y el perfil porteño de la ciudad. Seguramente, obtuvieron grandes postales.

Pero hablando de utilidad, no hay aún una opinión generalizada que sustente esa infraestructura como un avance en el transporte colectivo de una urbe atosigada por el tráfico, las calles estrechas y el calor invernal. Ni siquiera en una etapa pandémica en donde cualquiera buscaría alternativas para no meterse en un bus atestado de otras personas. Hablando de coronavirus, por cierto, que compartir aire durante el prolongado trayecto en una caja de cuatro ventanas, a pleno sol y sin vías de escape, deja serias dudas sobre su idoneidad epidemiológica.