Función pública

  Editoriales

Función pública

Para guardar un mínimo de respeto a la ciudadanía, debió mostrar un rostro un tanto demacrado, una apariencia más discreta y menos sonrisas y vivacidad, para dar sustento al argumento de su “grave situación de salud

Sonriente. Con un rostro, aparentemente, bronceado. Elegantemente vestido, luciendo gafas y un arete. Con bastante pelo, que dicen le fue injertado en 2018 en la Cárcel 4. De buen ánimo, con puños en alto y pulgares arriba; y lleno de vigor, pues cargó niños, abrazó amigos y ondeó una bandera. ¡Qué bien se lo vio al exvicepresidente al salir de prisión!

Contrasta su vital apariencia con la imagen que se esperaba de él tras conocer que, gracias a un ‘habeas corpus’ debido a su frágil condición médica, podría continuar con el cumplimiento de su sentencia en arresto domiciliario.

Los males que ha alegado sufrir a lo largo de los cuatro años y medio que permaneció recluido incluyen ansiedad, hipertensión, gastritis y principios de artritis, pero no se vio en él ningún rastro de tensión, cansancio o inquietud. No se apreció pérdida de peso. Ni una mueca de dolor.

Hubiese sido importante, por lo menos para guardar aunque sea un mínimo grado de respeto a la ciudadanía, haber mostrado un rostro quizá un tanto demacrado, una apariencia más discreta y menos desborde de sonrisas y vivacidad, para así dar sustento al argumento de su “grave situación de salud”. Pero claro, para que el país no pierda el último rezago de fe habrá que refugiarse en aquello de que las apariencias engañan.