Editoriales

Disruptiva educación

Estudiar una carrera ya no es sinónimo ni de tener un empleo de calidad, ni de crecer a nivel personal ni de ayudar al progreso del país. Los planes educativos, hasta ahora, siguen sin atarse a la realidad de Ecuador.

El futuro está en los jóvenes. Máxima explotada por todos que, no por ello, deja de reflejar la necesidad de un país de invertir en la educación de los suyos para poder crecer y desarrollarse. Pero Ecuador, también en eso, ha torcido su camino.

Enviamos estudiantes al extranjero, alimentamos sueños de grandeza, difuminamos barreras de lo imposible y todo, para terminar sin oportunidades en el país. No solo por un problema de desempleo, sino por un problema que recae, como siempre, en manos de los mismos. De los que hacen política y gobierno. Ni los estudiantes de aquí ni los que vuelven de fuera con conocimientos que no pueden cosecharse dentro de las fronteras tienen garantías. Ni de crecer, ni de aportar, ni de contribuir al desarrollo nacional. Porque hicieron estudios para los que no hay empleo aquí y no pueden irse fuera sin devolver el favor al Estado. O porque completaron una formación que ya tiene exceso de exponentes en los trabajos creados. O peor aún, porque no ha habido gobernante que haya alineado la meta más ambiciosa de las actividades con mayor potencial de las ya existentes en Ecuador -para ayudar a que lleguen a ese máximo- con la oferta académica que conllevaría empleo, crecimiento personal, desarrollo del país y hasta referencias a nivel global.