José Hernández | Noboa radicalizó el tecnopopulismo de Correa

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Sin referentes morales y éticos, la política ha quedado reducida a un mero juego de apariencias.

Daniel Noboa no puede reclamar la paternidad en Ecuador del tecnopopulismo. El correísmo debió patentar ese apelativo por las farsas con las cuales quiso probar que, además de mentes lúcidas, corazones ardientes y manos limpias, era devoto a las nuevas tecnologías.

Curiosa adhesión. Decir, por ejemplo, que Tesla, en sociedad con Hewlett Packard, iba a construir una megafábrica de autos eléctricos en Yachay y que invertirían tres mil millones de dólares. Yachay debía ser, según su versión y sin derecho a reírse, la copia andina de Silicom Valley. Pero en vez de un milagro tecnológico, la “Ciudad del conocimiento” produjo despilfarro, corrupción y elefantes blancos.

Noboa ha evitado relatos de ese tipo. Se ha limitado a hablar del “Nuevo Ecuador” y a prometer una forma de gobernar “indescifrable para la vieja política”. Se entendería que es indescifrable porque habla mucho de Inteligencia Artificial, uso de drones, tecnología 5G y transformación digital. Su administración no ha dado ese salto. Lo que sí ha hecho es dejar de usar la tecnología como una herramienta y volverla un sistema de gobierno: eso es el tecnopopulismo.

¿Indescifrable? No realmente. Ni tan nuevo. El correísmo precedió a Noboa en este camino que empeoró la política, normalizó el engaño y el cinismo, pulverizó la ética pública y convirtió la tecnología en una arma de manipulación estratégica. Los dos han sido hábiles en cambiar la fachada, pero Noboa ha sido más radical en desconectar la narrativa digital de lo real. Con Correa había más mundo porque en el relato que lo llevó a Carondelet hubo más grupos vinculados con viejas ideologías cuyo referente era la realidad-real.

Los dos, en sus campañas, coincidieron en recurrir a la nueva receta de la tecnopolítica para seducir al electorado. Lo fragmentaron para decir a cada grupo (social, económico, étnico, sexual...) lo que quería oír. Con cada uno se conectaron emocionalmente, al punto que dejaron de lado la razón. Promovieron contenidos extremos y para sostener su verdad no les importó anclar sus versiones en algún mundo paralelo.

Noboa, sin embargo, estableció una diferencia formal con Correa: desde que llegó a Carondelet convirtió ese mecanismo de mercadeo político en forma de gobierno. Correa tardó en crear un aparato de comunicación y en mostrar que sus lemas eran metáforas destinadas a camuflar las clásicas y vetustas estructuras de poder.

Noboa desde el inicio mostró que la política para él es un mero simulacro, sin ampulosidad retórica y sin sustancia ética. Una simulación digital en la cual él sabe que los algoritmos manipulan la información, y supone que los electores o no lo ven, o lo toleran. No de otra forma se entiende el altísimo nivel de cinismo que se respira en su gobierno. Correa hacía esfuerzos inauditos para negar, disimular o desvincularse de los funcionarios que eran pescados en actos de corrupción. Activaba un muy oportuno síndrome de alzheimer: no los conocía. Noboa los conserva en su gobierno y los cubre.

Así, el tecnopopulismo se ha ido asentando como forma de gobierno con gran desparpajo. No solo ha instalado el cinismo, la desfachatez, la falta de pudor y de sensibilidad con el manejo de la cosa pública. También, y como un efecto más, la desconexión ética que Correa multiplicó y Noboa desconoce en el manejo del Estado.

Sin referentes morales y éticos, la política ha quedado reducida a un mero juego de apariencias. Ya no es tan compleja, incluso como lo fue al inicio del gobierno de Correa. Ya no necesita debates, construcción de acuerdos, negociaciones ante y con la participación de la sociedad. Se limita a meras transacciones, intercambio de favores e intereses. Es tan flaca como una i y tan unilateral como convenga al dueño de las riendas del poder. El líder, y en eso vuelven a coincidir Correa y Noboa, no es aquel que por decisión y mandato constitucional defiende el interés general: es aquel que desde el sillón presidencial miente sin reserva y defiende el mundo paralelo en el cual vive refugiado.

El tecnopopulismo parece gozar de buena salud. Pero ojo, en tiempos de simulacros puede ser un espejismo.