Sophia Forneris | La edad de hacernos cargo
Una sociedad que deja de creer en la posibilidad de gobernarse con decencia en el fondo está renunciando a su futuro
Hay un día que llega sin estruendo: dejamos de ser la generación más joven. No hay ceremonia ni aviso previo. No ocurre por una fecha marcada en el calendario, sino por un silencioso cambio de prioridades. El fin de semana deja de ser sinónimo de exceso y se convierte en espacio de pausa. Casi sin notarlo, empezamos a preocuparnos por asuntos que antes parecían ajenos: estabilidad laboral, costo de la vida, política pública, tasa de interés del Biess. Con la madurez emerge una pregunta inevitable: ¿qué país estamos dejando a quienes vienen detrás? Ecuador es hoy una nación joven en términos demográficos, pero envejecida en oportunidades. La precariedad se ha normalizado, la migración vuelve a instalarse como aspiración colectiva y para muchos el proyecto de vida ya no se imagina dentro de las fronteras nacionales.
Provengo de una familia atravesada por la migración. En distintas generaciones y desde distintos países; el impulso ha sido siempre el mismo: buscar un futuro mejor. Pero también crecí junto a un abuelo que pese a haber nacido en Italia eligió sentirse ecuatoriano. Un hombre profundamente agradecido con este país, convencido de que invertir en su sociedad no era un acto romántico sino una condición indispensable para el desarrollo económico y humano. Esa convicción parece hoy diluirse. Vivimos en una cultura donde la desconfianza se ha vuelto norma; la política se percibe como un espacio inevitablemente corrupto; donde a los jóvenes se les repite -explícita o tácitamente- que la única salida es irse o adaptarse al sistema sin cuestionarlo.
Una sociedad que deja de creer en la posibilidad de gobernarse con decencia en el fondo está renunciando a su futuro. Por eso, además de reformas y políticas públicas hay una tarea menos visible pero profundamente estructural: formar generaciones que comprendan que la política puede ejercerse con honestidad y que el poder no está condenado a la inmoralidad.
Tal vez hacerse adulto consista precisamente en eso: dejar de preguntarnos qué queremos para nosotros y empezar a cuestionarnos qué estamos construyendo como generación. Llega un momento -sin darnos cuenta- en que dejamos de ser los más jóvenes y el país que exista entonces también será, en parte, obra nuestra.