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Sophia Forneris | Galápagos: conservar sin abandonar

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Por muchos años la sociedad de Galápagos no se sintió plenamente ecuatoriana

Galápagos es reconocida mundialmente por su flora y fauna. Desde el colegio aprendemos sobre tortugas gigantes, piqueros patas azules y especies endémicas. Pero rara vez se nos enseña sobre la población que vive allí. ¿Quiénes son? ¿Cómo viven? ¿Cómo funciona su sistema de salud? ¿Qué nivel de bienestar real tiene la comunidad local?

Hay una frase que circula entre quienes han vivido décadas en las islas: “cuando te enfermas en Galápagos, mejor es considerarte muerto”. No es una exageración, es un reflejo de la precariedad histórica del sistema de salud. Tener electricidad 24 horas fue, en su momento, un logro celebrado -y con razón-, pero la vida no se sostiene solo con luz. La infraestructura hospitalaria, los servicios especializados y los espacios comunitarios siguen siendo promesas postergadas.

En Galápagos, la muerte de un animal protegido puede significar una multa de hasta $ 12.000 o tres años de cárcel. Hubo un caso reciente en el que un taxi atropelló accidentalmente a un animal, y toda la comunidad tuvo que organizarse para pagar la multa. Los animales deben ser protegidos -eso es incuestionable- pero, ¿qué dice de nosotros como sociedad que, en la práctica, la vida humana parezca valer menos que la animal? Que no se malinterprete: cuidar la naturaleza a ese nivel es admirable. Galápagos lo merece. Sin embargo eso dice mucho de una sociedad que protege con rigor sus recursos naturales mientras descuida a quienes los cuidan, los habitan y los sostienen día a día.

Por muchos años la sociedad de Galápagos no se sintió plenamente ecuatoriana. Esa desconexión no nació ayer ni es responsabilidad exclusiva de un gobierno o de una corriente política. Es un problema estructural que se arrastra por décadas. El dinero que generan las islas debería quedarse, en mayor proporción, en inversión para las islas y su comunidad. Galápagos es uno de los bienes más preciados del Ecuador tanto por su biodiversidad como por su gente. Verlas únicamente como un laboratorio natural es reducirlas a una postal; entenderlas como una comunidad viva implica asumir responsabilidades más profundas y querer crear cambios que realmente ayuden a la comunidad que habita en ellas.