Columnas

Quiénes son

"Aunque solo fuera como un intento de recuperar la credibilidad, los candidatos deberían abrazar la transparencia absoluta"

Alguien que dice ser capaz de llevar las riendas de un país, debería, como mínimo, estar dispuesto a contarle a sus votantes y eventuales mandantes cómo ha construido su carrera y, sobre todo, a evidenciar si su tren de vida es coherente con los ingresos recibidos y con los impuestos pagados en los últimos años. Aparte de un sentido cívico, la experiencia que arrastra Ecuador respecto de la probidad de sus mandatarios debería ser razón más que suficiente para que cualquier candidato que no tenga nada que esconder, abra de par en par sus cuentas. Pero no.

Este periódico consultó a todos los aspirantes a presidente, a vicepresidente y a quienes encabezan las listas a la Asamblea en qué tipo de casa viven y su valor, lo mismo sobre su carro y, por último, cuánto han pagado en impuestos en los últimos años. Todo con miras a ofrecer al lector un perfil más preciso sobre los nombres en quiénes están depositando su confianza. Pero qué incómodo resulta hablar de lo que se gana y de cómo se gasta. De los 48 consultados con aspiraciones políticas, solo cinco compartieron los detalles de su posesiones. De ellos, solo uno, Xavier Hervas, de Izquierda Democrática, está entre los que miran a Carondelet.

Aspiran al poder, a representar la voluntad de los ecuatorianos en el Legislativo y a manejar recursos públicos -que no son otra cosa que los impuestos pagados por los ciudadanos-, pero se revuelven cuando se trata de pasar el escaner a su propio historial.

Los casos de enriquecimiento a través de la política o de la función pública no han sido excepcionales. Tampoco es fácilmente justificable que los salarios regulados de los funcionarios del Estado alcancen, en algunos casos, para comprar grandes viviendas o forjar jugosas herencias en periodos tan cortos. Hacer carrera política no es, en teoría, una forma de volverse rico. Por eso, los ciudadanos están hartos.

Por eso, no acuden a las urnas. Por eso, no tienen claro a quién delegar la responsabilidad máxima. Y, sobre todo, por eso han perdido la confianza en las instituciones. Aunque solo fuera como un intento de recuperar la credibilidad, los candidatos deberían abrazar la transparencia absoluta. Sería un gran filtro electoral.