No maten al periodista

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No maten al periodista

Ecuador tiene periodistas que no se compran y que son distinguibles de los que ahora son actores políticos. Que esta despedida sirva para que sigan leyendo y escuchando a las voces fuertes e incorruptibles que hay. La prensa corrupta es un eslogan de los que no quieren ser vigilados’.

Para cuando se publiquen estas líneas, habré dejado ya Diario EXPRESO. Pero ahora que las estoy escribiendo, agoto mi último día en el diario más incisivo de Ecuador. No me da rubor presumir del rol que desempeña en Ecuador el periódico en el que he trabajado durante 10 años. Y esta columna final está pensada como un reconocimiento a los periodistas que no se rinden y no ceden ante el poder.

Me voy contenta por haber sido periodista de economía y haber terminado como editora general de un diario valiente, en un país que necesita un periodismo incómodo y comprometido solo con la ciudadanía. Ha sido una etapa muy exigente, cargada de presiones a las que nunca he cedido y a las que nunca me han pedido o exigido que ceda. Al contrario. Me voy sabiendo que los periodistas incorruptibles e incomprables no solo son deseables sino reales. Nos llaman de todo, nos etiquetan de un lado y del contrario, pero es visible y demostrable que hay firmas y cabeceras comprometidas con la gente, con sus necesidades y sus historias, y no con el poder o con los intereses ajenos.

En todo este tiempo, me han tachado de correísta, pero también de anticorreísta, de morenista, de lassista, de antimunicipio y, siempre, siempre, de opositora. Todo el día contestando denuncias y enfrentando arremetidas de los que se ven expuestos. Nos dicen prensa corrupta, pero miren quién lo dice.

Ecuador tiene grandes periodistas que no se compran y que son claramente distinguibles de los que ejercían y ahora son un actor político más. Hay voces para leer, ver y seguir como Dayanna Monroy, como Lisbeth Zumba, como María Sol Borja, como Jonathan Palma, como Carolina Mella, como Cristina Bazán, como Ana Cañizares, como Lina Zambrano, como Patricia González Chacín. Hay muchos más. El ejercicio crítico del periodismo conlleva un autoexamen constante, asumir las equivocaciones, ser a la vez una voz potente e implacable, pero también una figura despojada de soberbia, capaz de ver sus errores. Inflexibles cuando te piden favores.

Dejo ahora este proyecto sólido de un diario que no se rinde, que no ha bajado los brazos. Dejo unos cuantos amigos, dejo una vida construida en una década volátil y explosiva, y dejo, incluso, algún esqueleto en el armario. Hay que seguir. Gracias por tanto.