Los últimos de la fila

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Los últimos de la fila

'Que encuentre cada uno, en cada casa, el modo de hacer algo concreto, útil y, sobre todo urgente por algún informal que conozca...’.

Los veía todos los días. Bajo el sol más inclemente, se amontonaban en cientos de esquinas ofreciendo frutas y legumbres, juguetes, golosinas y la variedad más colorida de utensilios que pueda ofrecerse: afiladores de cuchillos, accesorios de celular, artículos de aseo, películas antisolares…

Como ellos, otros miles salían a vender lo que sea, en trapos que se tendían o recogían dependiendo de si aparecían en lontananza los municipales. Y con ellos los miles de guardias nocturnos y de cuidadores de carros. Y con ellos las limpiadoras de casa por horas. Y con ellas los fontaneros, electricistas, carpinteros, pintores y los haga-todo-lo- que-usted-necesite-señor. Y con ellos los pasteleros, los vendedores de frescos, de diarios, de helados, de café con sánduche, de mote con fritada…

Cualquiera de nosotros podía verlos cada día, en cada ciudad y casi en cada esquina. Y no por ser parte del paisaje que entre todos construimos, dejaba de ser injusto, feo. Pero al menos era vivo.

Hoy la pandemia los ha borrado del mapa. Y me pregunto qué harán para sobrevivir día a día, noche a noche, en medio de la tragedia. Si vivían de lo que producen cada jornada, ¿cómo estarán?

No abogaré por decirle al Gobierno qué debe hacer: es tan lento y parece tan preocupado de preservar la imagen mientras esconde las cifras de la catástrofe. Y ya José Hernández, antier, les dio en estas páginas editoriales una lúcida y valiente fórmula de cómo enfrentar una parte sustancial de la tragedia. Que le hagan caso. Como para ayer.

Apelo a los ciudadanos, para que encuentre cada uno, en cada casa, el modo de hacer algo concreto, útil y, sobre todo, urgente por algún informal que conozca. Y si no lo conoce que lo encuentre. O para que se sume a las entidades que hacen ayuda social y llevan alivio a muchos compatriotas que se debaten entre el miedo a la enfermedad y el hambre. El suyo y el de sus niños.

En los últimos 3 años, en Ecuador, 45, sí, 45 de cada 100 trabajadores hacen una tarea informal. No le pido a usted que salve a esos 3 millones: su tarea es aliviar la carga de uno. De una. Porque ellos son los últimos de la fila.