Columnas

Sin pestañear

"¿Alguno de los hoy indignados diputados le habrá preguntado a su candidato de qué pensaba vivir? Debieron. Pero ni pestañearon. Y lo apoyaron..."

Somos lo que somos en los momentos de prueba. Me persigue esa idea cuando tengo una por delante. Es un buen rasero para medir qué tan coherentes o embusteros somos. Porque todos hemos sido lo uno u otro alguna vez, ¿no le parece?

La he recordado al leer la carta en que diputados del PSC y Madera de Guerrero dejan prácticamente en descampado al -aún- prefecto en funciones de Guayas, ese hombre por el que votaron felices y alborozados hace poco tiempo. Piden investigaciones, señalamiento de culpables, que caiga quien caiga y bla bla blá. Creen que así pasan la prueba.

Se equivocan. Su momento de prueba no es este en el que impresentables contratos de la Prefectura salen a la luz pública: lo fue cuando eligieron a su candidato. En ese entonces, los socialcristianos debieron demostrar (o quizás sí lo hicieron) de qué madera están hechos...

¿Alguno de los hoy indignados diputados le habrá preguntado a su candidato de qué pensaba vivir? Debieron: se consideraba mal pagado y ganaba el triple de lo que percibiría siendo prefecto. Ni pestañearon. Y lo apoyaron, aunque estaban obligados a preguntar. Y a dudar. A menos que...

A los políticos les suelen molestar sus momentos de prueba. Este diario, por ejemplo, generó rasquiña en candidatos o en el gabinete ejecutivo cuando publicó cuál era su patrimonio y cuánto pagaban de impuestos. Había personajes que pagaban miserias o, incluso, ni un solo centavo de tributos. Ni uno. Pero ahí estaban: desesperados por servir a la Patria, por hacer país, o como diría alguno que ha vivido décadas de su sueldo de empleado público -y vive como vive- por “hacer camino al andar”.

Los políticos suelen molestarse cuando tienen un momento de prueba. El problema no es ese: es que nosotros no nos indignamos cuando debemos hacerlo. Que no nos indigne que charlatanes y no pagadores de impuestos se vuelvan candidatos con la venia de otros parecidos, no los define a ellos. ¡Nos define a nosotros!

Y después nos rasgamos las vestiduras cuando nos roban en nuestras caras. Como si no hubiéramos intuido desde el principio que nos iban a mentir y estafar. Sin pestañear.