Los delitos no se legitiman

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Los delitos no se legitiman

Son tantas las evidencias de corrupción durante el kirchnerismo, que el listado es de catálogo.

Una gran porción de argentinos acaba de celebrar la asunción al poder de Alberto Fernández, el fiel jefe de Gabinete de Néstor Kirchner, prócer de una banda que gobernó por 12 años Argentina. Y que tras el gobierno fallido de Mauricio Macri, ha vuelto, envalentonada por un inobjetable triunfo electoral. ¿Irán por má$?

Como si una elección legitimara ilícitos, esa mayoría cree que sobre lo que pasó en los mandatos de los Kirchner se ha tendido un manto de perdón y olvido.

Se equivocan.

Son tantas las evidencias de corrupción durante el kirchnerismo, que el listado es de catálogo. Ejemplos: el desvío de fondos destinados a infraestructura, que favorecían a empresarios afines; la fraudulenta administración de la vialidad; el sobreprecio en la compra del gas licuado. Todos significan millones de dólares de lucro mal habido.

Hay un caso que espanta: los Kirchner crearon un método por el cual cada contrato de obra pública generaba el retorno de un porcentaje. La justicia lo llamó “la principal organización criminal de las últimas décadas”. Néstor dirigió un sistema que recogía semanalmente las coimas y que continuó bajo la presidencia de Cristina, quien, cito la causa: “ordenó seguir recaudando”. En ese juicio hay 140 grandes empresarios y 22 exfuncionarios imputados; muchos reconocieron el método.

Hay detalles que muestran el colmillo afilado de Néstor: los pagos mayores a US$ 2 millones los recibía él, directamente, en la residencia presidencial. Y una declaración que lo desnuda: durante la tercera semana de mayo del 2010 le comentan que solo han recaudado la mitad de lo habitual y él exclama: “¡Qué pobres estuvimos esta semana, eh!” A la siguiente salen de “pobres”: le llevan US$ 1’300.000.

Pobres los que creen que una elección legitima un delito. Ni aunque un país entero, al unísono, coreara los nombres de sus líderes, lograría borrar sus asaltos. La verdad seguiría siendo poderosa, aunque solo fuese un susurro; aunque solo uno la defendiera. Y esa verdad susurrará por siempre: si robar es un delito, robarle a un país es una infamia aún mayor. Que no prescribe. Ni se perdona. Ni se olvida.