Sin conciencia no hay salida

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Sin conciencia no hay salida

El derecho a vivir en paz, con seguridad en lo privado y transparencia en lo público, incluye la tarea de luchar por ello. De exigirlo y levantar la voz...

Somos reactivos muchos ecuatorianos, pareciera que está en nuestro ADN. Reaccionamos cuando pasa algo, pero no nos gusta prevenirlo y hasta solemos atacar a quienes nos avisan de lo que se viene, porque nos dañan el desayuno o nuestras evasiones de Facebook o Instagram. La zona de confort es chévere.

Pero allí está la realidad que en nuestras narices indiferentes se va cocinando. Terca. Poderosa. Viva.

¿Cuánto tiempo llevamos tolerando la corrupción a mansalva y no nos damos ni por enterados? Hace unos meses este diario mostró el modo chueco en que un exmarido se volvió terrateniente en Guayaquil. Y no pasó nada. Hace unos días informó de cómo un actual esposo engrosó sus negocios a costa de las arcas municipales. Tampoco pasó nada, porque casi nadie ve allí, ni siquiera, una monstruosa falta de ética. Y son solo dos ejemplos.

¿Cuánto tiempo llevamos viviendo en Modo Miedo, acostumbrándonos, porque este país va camino de ser uno de narcos? Necesitamos que un crimen espantoso nos saque de la inercia y entonces protestamos. Roban en Urdesa o Los Ceibos, matan en ciudadelas aniñadas, asaltan en los balnearios top y nos escandalizamos. Dos segundos. Nuestros gritos se esfuman como las acomodaticias declaraciones de los indolentes que nos gobiernan. Son parte del guion. Y no pasará nada.

Vamos normalizando la barbarie porque nos sentimos a salvo mientras la plata no sea de nuestro bolsillo o las balas no nos lleguen. A nuestro indiferente pecho.

El primer deber de un ciudadano es tomar conciencia de sus derechos y de sus res-pon-sa-bi-li-da-des. El derecho a vivir en paz, con seguridad en lo privado y transparencia en lo público, incluye la tarea de luchar por ello. De exigirlo. De levantar la voz. En modo bucle.

Y también de revolverse ante los malos olores. Porque el estiércol no huele a perfume y acostumbrarse a su pestilencia no es culpa de una alcaldesa en las nubes o de un presidente soberbio. Antes de reclamar a otros que hagan bien su trabajo, empecemos por hacer muy bien el nuestro. Y el primero es tomar conciencia de que nos estamos revolcando en la... Sí, allí donde usted está pensando.