Columnas

Profesión: desobediente

“Por un periodista nos enteramos lo que un vicepresidente cínico hacía con plata que no era suya, a título de “gastos reservados”..."

El domingo pasado fue el Día del Periodista. Evito las fechas por decreto, pero enseguida me vino a la mente la mujer que más admiro en este mundo (y en todos los demás). Se llama Oriana Fallaci y aunque murió hace 12 años es de esos seres que hicieron o dijeron cosas con visa de eternidad.

Oriana honró su oficio como nadie. Por ella conocimos las miserias y atrocidades de los poderosos de la Guerra Fría. Y desmitificamos al guerrillero Yaser Arafat o al boxeador Muhammad Ali, ídolos de barro. Y nos desayunamos con la verdad que EE.UU. quería ocultar en su guerra perdida con Vietnam. O con la atrocidad implícita del islam y sus fanáticos, que quieren destruir a bombas y sablazos a Occidente, desde aquel fatídico 11-S.

A reporteros así les debemos tanto. Por ellos vimos renunciar por primera y única vez a un presidente farsante en EE.UU.; y conocimos quién mató en El Salvador al Obispo de los Pobres; y sufrimos los muertos de tantas masacres en México, Guatemala o Perú. Por ellos supimos cuánto robó Fujimori, y cuánto más Chávez, Kirchner o Pinochet.

En Ecuador, por un periodista nos enteramos lo que un vicepresidente cínico, y hoy plato de toda boda, hacía con plata que no era suya, a título de “gastos reservados”. Y por otros descubrimos los delitos de un sacerdote pederasta, las trafasías de banqueros asaltantes o los negociados de un Gran Hermano voraz.

Sí, hay una tropa de juntaletras que está solo pendiente de disfrazar su incapacidad y puede pasarse horas, días, años frente a una cámara, un telepronter o un micrófono: “yo dije, yo estuve, yo opino”. Pero por cada ejército de mediocres bastará siempre una Lydia Cacho, una Mónica González, un Kapuscinsky, una Amanpour… Un Jorge Vivanco. Un Roberto Aguilar. Un Juan Carlos Calderón. Rebeldes contra las verdades oficiales, contra las mentiras verdaderas de cualquier poder.

Este oficio sobrevivirá mientras existan los que tengan en su ADN la duda y la persistencia, la calle y la contrastación. Eso que el maestro Restrepo llamó “la búsqueda apasionada de la verdad”. Y, sobre todo, el sello que los une e identifica: el de la desobediencia.