Columnas

Un amarillo apresurado

"... abocados a la medida, aportemos con lo que nos toca: cumplir las reglas y no darnos de hermanitas de la caridad cuando las autoridades las ejecuten..."

¿Quiénes están en las trincheras de un frente de batalla? Los soldados. Los políticos las suelen ordenar desde sus escritorios. Y sus bolsillos. ¿Quién debe comandar una crisis que exige saberes especializados? Los expertos. Para el caso de la pandemia que nos devasta, los de salud. Los políticos que tomen las decisiones que correspondan, pero bien asesorados.

Una medida política y no técnica llevó al Municipio de Guayaquil a resolver que pasemos del semáforo rojo al amarillo en medio de la emergencia que vivimos. La fuerte, y entendible, presión de factores económicos empujó una decisión que los propios asesores de la alcaldesa miran con recelo y preocupación. Dos de ellos, los epidemiólogos Johnny Real y Francisco Andino, resumen lo que el primero llamó sin ambages una medida incorrecta. “Desde el punto de vista sanitario, no es conveniente el cambio”, sostuvo.

Contagios que no decrecen mayormente; presencia de focos secundarios de contaminación; falta de más de mil doctores que no han vuelto a su trabajo después de contraer el virus; más de 150 médicos fallecidos; paranoia del personal sanitario que no desea regresar al combate; y un sistema de salud que no ha sido fortalecido… Los expertos lo tienen claro: el amarillo es prematuro.

Pero la decisión ya está. Por tanto, al menos recordemos que una orden así debe sostenerse en dos pilares: la capacidad de respuesta de la autoridad para controlar las infracciones (sobre horarios, distanciamiento, toque de queda, aforo, tránsito...). Y luego, el grado de civilidad de la gente para acatar lo ordenado. ¿Se conjugan en Guayaquil estos dos factores? Hum.

Ojalá que, abocados a la medida, por lo menos aportemos con lo que nos toca: cumplir las reglas y no darnos de hermanitas de la caridad cuando las autoridades ejecuten, en serio y sin fisuras, todos los controles.

Si no funcionamos como sociedad, volveremos a la catástrofe del semáforo rojo, que será peor que la inicial. Porque un nuevo encierro no estaría marcado, como el primero, por el miedo y la esperanza. El miedo volverá, pero en vez de esperanza, nos lloverán la bronca y el hastío.