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Rubén Montoya Vega | Nerón incendiará Roma

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Trump mide mal esta vez la reacción de su víctima. Irán no es Venezuela

Cuesta creer que el mundo se resista a ver la hecatombe que Donald Trump está creando ante sus ojos. EE. UU. e Israel atacan a la dictadura teocrática de Irán y, en general, el planeta reacciona tibiamente, con temor o villanía. Como Venezuela, que borra enseguida el mensaje solidario por temor al enojo de su nuevo capataz. Salvo un puñado de países de Europa, el planeta digiere las ruedas de molino. No porque las crea, sino porque su doble moral las justifica.

Trump no ataca a Irán porque los sátrapas que fungen de líderes espirituales lo tengan sometido desde hace cuatro décadas. Si tan libertador se cree, ¿por qué no ataca a Guinea Ecuatorial, que tiene 47 años de dictadura? O a Bielorrusia, Brunéi, Omán, Bangladés, Nicaragua, Camerún, Azerbaiyán… gobernados por regímenes asesinos? Tampoco atacó Venezuela porque quería democracia para un país destruido por el tsunami chavista y sus matarifes a sueldo.

No. No la quería. Quería su petróleo y dar un golpe de autoridad. Hoy Venezuela y el mundo lo saben. Como sabrán pronto que su guerra contra Irán es una cortina de humo en medio del escándalo, cada vez más estruendoso, por su implicación en el Caso Epstein. ¿Qué hace el nombre del presidente mencionado por miles y miles de veces en los archivos, sin editar, sobre ese pedófilo convicto? El ataque, además, se da a pocos días de que el conservador Tribunal Supremo anulara el grueso de su política arancelaria, ese garrote con el que Trump ha hecho y deshecho, dicho y desdicho, una y otra vez, ante el estupor del comercio mundial.

Trump mide mal esta vez la reacción de su víctima. Irán no es Venezuela. El fanatismo religioso tiene modos de reaccionar que la cultura occidental no alcanza a entender (ni le importa). Ese conflicto puede regarse en tentáculos que serán muy difíciles de controlar.

Pero a él le vale madres. El hombre que dijo que ya no buscará la paz porque Suecia le negó el premio que cree merecer, ese muchachito acomplejado en un cuerpo de gigante, más parece un césar de pacotilla que un señor presidente. Un Nerón del siglo XXI, enloquecido, que si sigue así terminará por incendiar Roma.