Roberto Aguilar | Minería: el país entre dos simplismos
Perfórese el páramo indiscriminadamente y se echará abajo el equilibrio fluvial del territorio
El movimiento antiextractivista ecuatoriano es víctima de sus excesos y contradicciones. Oponerse a la explotación de los campos petroleros en la Amazonía pero defender de manera combativa los subsidios a los combustibles fósiles es una incoherencia tan profunda y clamorosa que cualquier autoridad moral que alguna vez llegaran a ganar grupos como los Yasunidos, por ejemplo, se fue irremediablemente por el caño. El radicalismo izquierdista es también una torpeza que ahuyenta a miles de ciudadanos sinceramente preocupados por el ambiente y que termina por reducir a los ecologistas a la condición de grupúsculo. La oposición ciega a cualquier forma de minería, sin importar de qué tipo sea o dónde se practique, es otra intransigencia.
De esta última proviene el más imperdonable de sus errores políticos: haber sido incapaces de posicionar en la conversación pública del país el problema de la minería en los páramos, que en Colombia fue resuelto hace diez años con su prohibición absoluta por parte de la Corte Constitucional. Más allá de las consultas específicas sobre proyectos mineros en uno u otro páramo (Kimsacocha, por ejemplo), es simplemente insólito (y habla pésimo de nuestra conciencia territorial como país) que en el Ecuador no exista, ni remotamente, debate alguno sobre este tema: la minería en los páramos como un concepto problemático. Nos parece bien o mal que la población se pronuncie en contra de tal o cual proyecto minero en tal o cual páramo, pero somos incapaces de relacionarlo con lo que ocurre en otro. En eso consiste el subdesarrollo: en la incapacidad de relacionar lo evidentemente relacionado.
Como consecuencia, el país acaba de perder otra oportunidad de oro con la aprobación en la Asamblea de un paquete de reformas que relajan hasta niveles intolerables los controles ambientales sobre la minería sin que a nadie, a ningún asambleísta, a ningún partido, a ningún movimiento social de esos que se reclaman portavoces de la Pachamama, a nadie en absoluto se le ocurriera llamar la atención sobre la problemática específica del páramo. Porque el páramo no solamente es uno de los ecosistemas más raros del mundo (sólo se encuentra sobre la región ecuatorial a partir de los 3.500 metros sobre el nivel del mar, es decir, en Ecuador, Colombia y alguna región del África en la que no existen minas), sino uno de los más frágiles. El páramo es una esponja especializada en captar humedad de la atmósfera y convertirla en el agua que alimenta las cuencas hidrográficas a uno y otro lado de la cordillera. Perfórese el páramo indiscriminadamente y se echará abajo el equilibrio fluvial del territorio. Punto. Pero, claro, si los ecologistas son incapaces de plantear este debate, ¿quién, entonces?
En cuestión de minería, el país se mueve entre dos simplismos: el de los activistas que pretenden prohibirla en cualquier sitio y el los ultracapitalistas que se burlan de ellos por no darse cuenta de que el teléfono celular que usan para sus campañas depende enteramente de la minería. Ambos igualmente estúpidos: incapaces de problematizar una realidad abrumadoramente problemática, se merecen el uno al otro. Es el país el que no se merece a ninguno de ellos.