Fernando Insua Romero | Alcahuetes del terrorismo
Nuestros espacios sociales, culturales y académicos deberían ser semilleros de conocimiento y formación cívica
“Las dictaduras no nacen de la fuerza de los dictadores sino de la debilidad de los demócratas”, escribió Vargas Llosa. Y es precisamente de esa dictadura de los débiles de espíritu de la que Ecuador está intentando escapar. Porque cuando un Estado democrático decide defenderse, aparecen voces que confunden firmeza con autoritarismo. Pero lo realmente peligroso no es que una democracia actúe para protegerse, sino que se vuelva tan débil que permita que redes criminales o proyectos autoritarios capturen sus instituciones, cosa que por años vimos complacientemente.
Las operaciones conjuntas anunciadas entre el Ejército ecuatoriano y el Comando Sur de EE.UU. para enfrentar al terrorismo y sus negocios no son un gesto de “renuncia a la soberanía”. Es algo mucho mayor, que se está dando a nivel global: intentar recuperar el control de nuestra sociedad frente a organizaciones narco y terroristas que simbióticamente han secuestrado países y encontrado aliados en sectores políticos o de activismo que por años permitieron que estas redes crecieran hasta amenazar a naciones enteras (incluida la nuestra), con la excusa de la tolerancia y escudados en una mala comprensión de soberanía, desde el cómodo limbo del doble rasero moral.
Durante décadas se toleró la influencia de proyectos autoritarios en la región. Financiaron organizaciones, se colaron en las universidades. Construyeron movimientos y redes de influencia que terminaron legitimando, en su retórica, regímenes que desprecian las libertades que aquí dicen defender.
Hoy, cuando alguien intenta enfrentar a esas estructuras, aparecen los indignados profesionales, los mismos que dicen defender derechos pero guardan silencio frente a dictaduras y grupos terroristas que han destruido países como Cuba, Venezuela o Irán, cuyo régimen persigue a mujeres que exigen libertad y financia milicias en distintos rincones del mundo.
Cuando alguien decide actuar contundentemente, los mismos sectores se rasgan las vestiduras porque EE.UU, Israel o el Gobierno nacional están involucrados. Por eso nuestros espacios sociales, culturales y académicos deberían ser semilleros de conocimiento y formación cívica, no tribunas para alcahuetes del terrorismo.