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Rubén Montoya Vega | La otra superpotencia

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Las cosas se deshacen como se hacen. Es decir que el único que podrá pararle los pies será el pueblo que lo eligió

El fascismo reverdece en estos días y el mundo parece no darse cuenta. Es curioso (y triste) pero suele pasar así: el ser humano solo ve al monstruo cuando está dentro de sus fauces. Hitler, Stalin, Castro, Selassie, Ortega, Gadafi, Chávez lo certifican.

Pasa con Donald Trump. Pero con él hay que aclarar algo: no es un líder que ha perdido el rumbo. Al contrario: mantiene el que ha prometido. Él miente a borbotones, pero no engaña en lo que quiere. Él se contradice, pero es así porque el poder le permite decir y hacer lo que le venga en gana. Por ejemplo: la palabra paz le valía si era un premio Nobel que se lo daban; como no fue así, paz es hacer de Gaza un complejo hotelero o adquirir Groenlandia como sea.

Recordemos esto para dimensionarlo: 77 millones de ‘gringos’ lo votaron, pese a que sabían que es un delincuente convicto. 46 % de los latinos lo escogieron (20 % más que en el 2016) pese a que odia a los migrantes. Y aunque es misógino, lo eligieron cerca de 40 millones de mujeres, casi la mitad de las que votaron.

Y sin embargo…

Las cosas se deshacen como se hacen. Es decir que el único que podrá pararle los pies será el pueblo que lo eligió. No será Europa, dividida entre líderes menores y líderes inexistentes; no será la ONU -a la que seguirá atacando con el ánimo de extinguirla- porque no sabe cómo reaccionar ante el enemigo desatado. Y no serán sus rivales geopolíticos, empezando por China, que celebra sus excesos para poder mostrarse ante el mundo como su contracara. En Davos, el vice primer ministro He Lifeng abogó por reglas igualitarias “para todos”, el libre comercio y el diálogo inclusivo. “Puentes y no muros”, dijo. ¡Chanfle! Los amos del garrote a cualquier disidencia, de los campos de “reeducación” a los revoltosos, del pensamiento único del Partido, hablando de democracia. Gracias a Donald Trump.

No serán los genios de la política o la academia quienes podrán detenerlo. Tal como van las cosas, solo lo podrá hacer la otra superpotencia a la que se refería José Saramago: “una es EE. UU.; la otra eres tú”. La opinión pública, sobre todo la de casa adentro, será el único antídoto eficaz.