Rubén Montoya Vega | IESS, la bomba que estallará
Porque por cada afiliado que aporta, reciben beneficios dos personas. ¿Tiene sentido económico algo así?
¿Qué haría usted si le dijeran, con tiempo para que se acostumbre, datos para que analice, y música para que no se altere, que una bomba estallará pronto en su casa?
Pues bien, Ecuador sabe desde hace años que una explosión se cocina en sus entrañas, pero no quiere darse por enterado. La bomba cumplió hace pocos días 98 años, muchos de los cuales ha sido mal administrada. Se llama Instituto Ecuatoriano de Seguridad Social (IESS) y estas son las razones de su riesgo inminente:
Porque por cada afiliado que aporta, reciben beneficios dos personas. ¿Tiene sentido económico algo así? O sea ¿el sistema es ahorrativo y sostenible?
Porque el Estado subsidia el 40 % de los aportes de los empleados públicos, lo cual no solo le crea una enorme carga, sino que abre un grosero discrimen. ¿A cuenta de qué el Estado paga ese monto? Gracias al discrimen, la deuda ha crecido mucho y se ha normalizado la mora… en perjuicio de la liquidez del Seguro. Más de $ 27 mil millones es el monto colosal de la deuda impaga. No hay nada en el horizonte que haga presagiar que el moroso dejará de serlo, y eso que con indulgencia el IESS llama “deuda histórica” solo crece, crece, crece. Y lo mantiene descapitalizado.
Porque cada año aumenta el número de pensionistas a un nivel superior que el de los afiliados aportantes. Hace menos de una década, ocho afiliados ‘pagaban’ la pensión de cada jubilado; ahora lo hacen apenas 5.
Porque el IESS tiene una nómina obesa y cara: 35 mil empleados le cuestan $ 720 millones al año; el 40 % es personal administrativo. Es decir que en tiempos de virtualidad, de trámites que antes tomaban semanas y hoy apenas 48 horas (por ejemplo, los mal llamados préstamos quirografarios) aún existen 14 mil trabajadores que sirven para los santos trámites de vaya usted a saber qué. Es previsible que exista en su nómina más de un inspector de ambiente, ¿no cree?
La bomba va a estallar. Le pido escoger entre dos caminos: o dígame usted, por favor, que estoy equivocado. O entone conmigo a dúo la advertencia: tic tac, tic tac.