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Rubén Montoya: Ha muerto un canalla

Es para libro la lista de víctimas de Henry Kissinger, al que algunos llaman “la gran eminencia gris”. Del crimen será...

¿Lamentaría usted la muerte de un asesino serial? ¿Mostraría conmiseración por la de un violador de niños? Supongo que no. Y entonces, ¿por qué mostrarla por un político que alentó guerras o invasiones en medio planeta? La muerte no borra, no puede borrar, una vida marcada por la maldad.

Pienso eso cuando los medios tratan a la muerte de Henry Kissinger, el hombre más poderoso de EE. UU. en los últimos cincuenta años, como la de un “mito de la diplomacia” o un “político excepcional”. Están a nada de santificarlo.

Contra los adjetivos, los hechos. Pero antes aclaro, por si hace falta: Kissinger fue un genio, su visión adelantada de lo que representaba China a la hegemonía de EE. UU. lo llevó a tender puentes de convivencia cuando nadie veía el desarrollo (y el peligro) colosal que traía en sus alforjas la Revolución Cultural parida por Mao Tse-Tung. Imposible negarlo. Pero de ahí a olvidar que fue también un criminal de guerra hay demasiado trecho.

Aquí unos ejemplos, hoy documentados gracias a que los gringos lavan su conciencia desclasificando secretos cada 50 o 75 años por orden de su Ley de Libertad de Información, monumento a la transparencia que, todo sea dicho, no existirá jamás en un imperio totalitario. Kissinger participó en los planes de operaciones que derivaron en matanzas de civiles o asesinatos selectivos en Indochina, Bangladés, Irak, Timor Oriental, Chile…

Fue uno de los alfiles que usó Richard Nixon para matar las negociaciones de paz con Vietnam (París, 1968) prometiendo en privado a una de las partes que si esperaba para negociar con un gobierno republicano tendría mejor trato. Los sudvietnamitas se retiraron del proceso liderado por demócratas, que pagaron en las urnas el súbito fracaso del acuerdo. Cuatro años y veinte mil muertos norteamericanos más tarde (los vietnamitas nadie cuenta) la paz se zanjó… con los mismos términos iniciales ideados por los demócratas. ¿Quién pagó por la matanza deliberada? Kissinger no, eso seguro.

Me queda tinta en el tintero. Es para libro la lista de víctimas del que algunos llaman “la gran eminencia gris”. Del crimen será. Porque en lo que a mí respecta, ha muerto un reverendo... canalla.