Rosa Torres Gorostiza | Noboa y Petro esconden su inacción con conflictos
La región necesita cooperación, no aranceles; liderazgo, no soberbia
El conflicto comercial entre Ecuador y Colombia, desatado a golpe de aranceles por el presidente Daniel Noboa y respondido de inmediato y de la misma forma por su homólogo Gustavo Petro, es una muestra clara de cómo la improvisación y el cálculo político terminan castigando a los pueblos. Esta absurda escalada no defiende la soberanía ni protege a los productores: genera caos, incertidumbre y pérdidas en economías que ya están golpeadas por la inseguridad y la desaceleración. Ecuador y Colombia no son rivales, son países hermanos con problemas comunes que exigen soluciones compartidas, no berrinches diplomáticos.
Mientras los mandatarios se enfrascan en disputas comerciales que sirven como cortinas de humo para evadir cuestionamientos internos, los sectores productivos pagan el precio. Exportadores, comerciantes y trabajadores ven cómo se encarecerán los costos, se frenarán inversiones y se deteriorará la confianza. En lugar de imponer sanciones, Noboa y Petro deberían estar sentados en una mesa binacional diseñando estrategias conjuntas para reactivar el comercio, proteger la frontera y devolverle tranquilidad a sus ciudadanos.
La irresponsabilidad no es exclusiva de Colombia. El gobierno del Perú también ha optado por mirar de costado una crisis regional que lo afecta directamente. El enemigo de Ecuador no es el intercambio comercial ni la movilidad de sus ciudadanos, que luchan cada día por sobrevivir con dignidad, sino los grupos criminales y narcotraficantes que han convertido las fronteras en territorios de muerte, dolor y desesperanza. Frente a esa amenaza, la pasividad peruana y la confrontación colombiana resultan igual de reprochables.
Los acuerdos binacionales, los compromisos regionales de seguridad y los mecanismos de integración parecen haber sido archivados por presidentes que actúan más como jefes de campaña permanente que como estadistas. Con este conflicto pierden todos: pierden los gobiernos, pierde el comercio, se desploma el turismo y sufre el pueblo. Los únicos ganadores son las mafias del crimen organizado internacional, que prosperan en el desorden y la descoordinación.