Columnas

El derecho de escoger

"La pregunta es: ¿el derecho “a participar” de un prófugo de la justicia ecuatoriana se encuentra por encima del derecho de escoger, entre personas decentes y no entre delincuentes, de 14 millones de electores?"

Si uno consulta el diccionario, elegir es sinónimo de escoger. Pero fíjense en el supositorio con vaselina que nos insertaron los revolucionarios como quien no hace nada: reemplazaron el derecho de elegir por el de “participar”. ¿Cambio inocente? Pues no. Esta es la forma de robarnos el derecho de escoger. Si acudimos al diccionario de la RAE, el concepto de seleccionar (“Elegir, escoger por medio de una selección”) aclara aún más la cosa.

Si no fuera así, la Constitución de 1967 no hubiera establecido hace 53 años el derecho de elegir como un derecho político. Y la de 1979 no lo hubiese repetido en el art. 32: “Los ciudadanos ecuatorianos gozan del derecho de elegir…” (Sección VI, “De los derechos políticos”). Claro, la farsa de impedirle la candidatura a la vicepresidencia a nuestro “Richard Kimball criollo” es una jugada maestra para vernos la “careco” otra vez: irá a la embajada a inscribir su candidatura como asambleísta por los migrantes. Así vendrá al país a hacer campaña sin ser apresado, al amparo del art. 108 del Código de la Antidemocracia. ¡Bingo!

Entonces resulta que ahora es casi un crimen contra natura impedirle a un pillo “participar”. Y que para garantizarle su derecho a hacerlo al arcángel Rafael -prófugo de la justicia- el Estado ecuatoriano a través de sus órganos electorales (CNE, con nombre y apellido) nos obliga a escoger entre un fugitivo y otros que no los son.

La pregunta es: ¿el derecho “a participar” de un prófugo de la justicia ecuatoriana se encuentra por encima del derecho de escoger, entre personas decentes y no entre delincuentes, de 14 millones de electores? ¿Se merece un pueblo que ni siquiera ha podido sepultar a sus muertos semejante maltrato por parte del Estado? ¿Qué democracia es esta que nos obliga a escoger entre fugitivos?

Pero a grandes males, simples soluciones. Esto es lo que debería suceder el día de la inscripción en las afueras de la embajada: -Está detenido señor. Acompáñeme. -No señor. Voy a inscribir mi candidatura. -Iba. Tengo una orden de arresto en su contra.

¿Habrá alguien con los pantalones para ordenarlo?