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Wilman Terán es un peligro

Avatar del Roberto Aguilar

Es el caso más rampante de manipulación de la justicia, protagonizado por el presidente del organismo que debería, precisamente controlarla

Juez de la Corte Nacional; Doctor en Jurisprudencia; especialista en ley penal; magíster en Derechos Humanos; candidato a dos doctorados adicionales en ciencia jurídica por sendas universidades; miembro del cuerpo docente de otras tres y del Instituto Superior de Posgrado en Ciencias Internacionales de la Universidad Central del Ecuador... Wilman Terán, presidente del Consejo de la Judicatura, ostenta todos esos logros en su hoja de vida. Y cree, no obstante (no es que cree: está convencido, al extremo de impartirlo en conferencias magistrales), que el nazismo, el Holocausto, la batalla de Stalingrado, el desembarco en Normandía y las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki son acontecimientos que ocurrieron en los años mil setecientos. Bastante circuló el video en el que habla, desde la cátedra, sobre el desarrollo histórico de los consejos de la judicatura: “Esta clase de instituciones -dice- nace allá por el siglo XVIII, más o menos luego de la Segunda Guerra Mundial”. Y echa para atrás los hombros, junta las palmas de las manos con los dedos estirados hacia el techo en gesto de sabiduría y apoya los codos en el atril, con la actitud doctoral de quien todo lo sabe. No será elocuente ni erudito el doctor Terán pero ¡vaya que se ha entrenado para aparentarlo!

En eso (en aparentar) consiste su formación profesional y jurídica. Ampuloso y grandilocuente, Wilman Terán disimula la vaciedad de su pensamiento con pirotecnia retórica insulsa; y su incapacidad meramente gramatical de articular ideas, con calculados aspavientos de sus brazos. Invoca una docena de artículos constitucionales y legales sin pestañear siquiera e intercala consignas populistas y frases de melodrama barato que dan a entender que está a punto de candidatizarse a cualquier cosa. “Yo vengo de las estrellas, un caminante de sueños soy”, decía en un discurso reciente que subió a las redes, con música de epopeya como sonido de fondo y el logo del Consejo de la Judicatura sobreimpreso. “Las familias ecuatorianas se merecen una justicia digna”. En suma: es el charlatán número uno de la patria. Y su exitoso paso por el servicio público es un descrédito para todos, pero especialmente para la academia, que gradúa, distingue y acoge como maestro a un ignorante de siete suelas, y para la carrera judicial, que demuestra ser (aunque eso ya lo sabíamos) pan comido para cualquier farsante. Está claro que para ser juez de la Corte Nacional no se necesita mucho.

Pero todo eso, que no es poco, es lo de menos. Wilman Terán no es un charlatán cualquiera: es un charlatán peligroso. Uno con delirios de grandeza (“me verán más grande que Brahma pero sigo siendo humano”, despachó este lunes) y tendencia al abuso del poder. La acción de protección que presentó contra el presidente de la República es sin duda el capítulo más insólito en la historia de manipulación de los recursos jurídicos en que se ha convertido la esfera pública nacional. En esta aventura, Wilman Terán ha decidido poner todos los recursos del organismo que preside (su aparato de comunicación y sus canales en redes sociales; su capacidad de convocatoria y movilización de una burocracia especializada; su poder de presión e intimidación sobre el aparato judicial), todo al servicio de su propia agenda y sus intereses personales, que trata de disfrazar con el discurso fraudulento del interés público. Es el caso más rampante de manipulación de la justicia por parte de quien debería, se supone, controlarla. Mucho cuidado con este angelito. No tiene límites ni escrúpulos.