Columnas

Los violentos quieren más

Qué irresponsabilidad. Qué falta de coraje...

“En Pachakútik no entrará el pensamiento mariateguista”. Lo acaba de decir Marlon Santi, coordinador nacional de ese partido, cinco meses después de la intentona golpista de octubre y a las puertas de un proceso electoral. Sus palabras significan una declaración de guerra contra uno de los principales líderes de la revuelta: Leonidas Iza. 

¿No que no? Dijeron que eran una minoría sin importancia. Un grupito de radicales. Una tanda de infiltrados. El 12 de octubre del año pasado, cuando la capital de la República se encontraba bajo asedio, el exprefecto de Zamora Chinchipe, Salvador Quishpe, los denunció como los instigadores y artífices de la violencia; los identificó con el correísmo; los colocó en el punto más alto de la pirámide de mando del movimiento indígena, donde hacían y deshacían a su voluntad y habían pasado a comandar el levantamiento. Eso dijo. Después se echó para atrás y no ha vuelto a pronunciar palabra. Ni él ni nadie. Simplemente, se corrió un tenue velo de silencio. 

Hoy su nombre vuelve a sonar. Movimiento José Carlos Mariátegui: talibanes radicales que profesan el más trasnochado de los marxismos; fervientes defensores de la lucha armada como única manera de acceder al poder y cambiar las estructuras; detractores de la democracia burguesa y de cualquier sistema de libertades, en los que no creen; a los que combaten. 

Miembros de la Conaie, integrantes de los movimientos sociales, ecologistas, militantes de izquierda, en privado se llevan las manos a la cabeza y lo admiten sin reparos: “están por todas partes”, dicen. En la marcha indígena que llegó a Quito en 2015 ya quisieron pasar a la ofensiva y echar mano de las armas, cuentan. Desde entonces se han multiplicado, admiten, han ocupado puestos decisivos en los espacios de poder del movimiento indígena, desde los gobiernos locales hasta los organismos afines: grupos de apoyo, medios de comunicación alternativos, veedurías de derechos humanos… 

Una de sus plazas fuertes parece ser el Movimiento de Indígenas y Campesinos de Cotopaxi (MICC), base activa del levantamiento de octubre. Los que saquearon florícolas y lecheras, los que secuestraron, los que abusaron sexualmente de mujeres policías… Su comandante en jefe: Leonidas Iza, el hombre de la superioridad cultural y la pureza étnica. El que ha emprendido una guerra santa contra la sociedad mestiza. El ideólogo de un novísimo y particular fascismo ancestralista, algo que solo puede conducir, si nadie lo detiene, a una salida senderista para el conflicto intercultural ecuatoriano. Todo el mundo se fija en Jaime Vargas, por su cargo de presidente de la Conaie, pero es Iza el que tiene las bases, el que tiene los fondos, el que tiene la ideología. Ahora quiere alzarse también con el partido.

“Están por todas partes”, dicen en privado. En público callan, vagamente convencidos de que en el seno de la izquierda los trapos sucios se lavan dentro de casa. Solo que nunca se lavan. Hoy, aquello que presentaron como un grupito de encapuchados que dizque se infiltraban en las manifestaciones para propiciar actos de violencia y a quienes supuestamente nadie conocía, amenaza con romper la estructura organizativa que durante 25 años hizo de Pachakútik y la Conaie un espacio de pluriculturalidad real. Y las cabezas más pensantes de la izquierda siguen guardando silencio, como si no fuera con ellos. Qué irresponsabilidad. Qué falta de coraje.