El sainete de la comisión palurda

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El sainete de la comisión palurda

La Comisión de Garantías Constitucionales de la Asamblea ha emprendido un proceso de fiscalización contra Patricio Carrillo sobre la base de la manipulación de los hechos

Se volvieron virales las imágenes del ministro del Interior, Patricio Carrillo, haciendo caras y gestos mientras la correísta Paola Cabezas hablaba, sentada a su izquierda, con la soltura de lengua y la absoluta despreocupación por la verdad que caracteriza a los de su bancada. Caras y gestos burlescos, jocosos, divertidos, mientras la otra lo acusa de asesino y de fascista sin aportar una evidencia sola, más aún, contradiciéndolas todas. Tiene buen sentido del humor y un gran talante democrático este caballero al que pretenden destituir los partidos antidemocráticos y malhumorados de la Asamblea Nacional.

Ocurrió en la más obtusa e iletrada de las comisiones parlamentarias: la de Garantías Constitucionales, cuyo presidente apenas si es capaz de leer una frase detrás de otra pero solamente a condición de no entender ninguna. “A ustedes -decía ahí Paola Cabezas, que para el promedio de sus colegas es un genio- les apesta el pueblo”, y abarcaba vagamente con un gesto a Carrillo y a los de su indefinible especie. “Cuando había un ministro de Gobierno intentando dialogar -continuaba-, usted estaba metiendo bala y plomo”.

La primera parte de este enunciado tiene gracia: ya era hora de que algún correísta reconociera a Francisco Jiménez por los servicios prestados a su causa (el presidente, que no se entera de nada, debería tomar nota). La segunda es (debería ser) una bomba. Que una legisladora, en una comisión parlamentaria, acuse formalmente a un ministro del Interior, en su presencia, de haber ordenado disparar y asesinar al pueblo sin mediar motivo, suena como un acontecimiento de la mayor gravedad para los estándares democráticos de cualquier país medianamente civilizado del planeta; que el aludido, por toda respuesta, se ponga a hacer caras de payaso... Bueno, eso ya es (debería ser) un escándalo, una muestra del más aborrecible cinismo. Imaginemos por un momento a los generales Videla o Massera (que es el nivel en el que Cabezas quiere poner a Carrillo) en una situación similar: la imagen habría pasado a la historia convertida en un símbolo del horror fascista. Aquí, en cambio, no pasa nada. Cabezas acusa a Carrillo de asesino, él responde con caras de payaso y la gente lo celebra en las redes como un episodio anecdótico y divertido. ¿Por qué?

Por una simple y evidente razón: porque es un episodio anecdótico y divertido; porque todo el mundo sabe, y Paola Cabezas está plenamente consciente, y Patricio Carrillo no necesita ni siquiera demostrarlo porque ya lo ha hecho, que en el paro nacional de junio no hubo, de parte de la fuerza pública, ni plomo ni bala. Cuando el ministro del Interior pone caras de payaso no está haciendo un alarde de cinismo, está poniendo en evidencia que la payasa, en esta historia, es Paola Cabezas. Y a ella le encanta su papel. Dice “plomo y bala” no una: tres veces en su intervención. Dice “ustedes tomaron la decisión de matar gente inocente” y dice que todo eso (la bala, el plomo, los asesinatos) son “política de Estado”.

Y que conste que es la genio de la Comisión de Garantías Constitucionales, cuyos integrantes han decidido improvisar un proceso de fiscalización contra el ministro Carrillo sobre la base de la manipulación artera de la realidad de los hechos. Se entiende que no tienen nada mejor que hacer. No se trata, por supuesto, de un juicio político en toda regla, para lo cual no tienen atribuciones. Se trata apenas de un sainete. Pero no lo saben. La principal característica de los miembros de la comisión más obtusa e iletrada de la Asamblea es precisamente esa: no ser conscientes de su propio ridículo.