La autoridad moral de los moralistas

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La autoridad moral de los moralistas

"Al final, sin necesidad de ley de comunicación, sin juicios penales, sin abogados, sin perros bravos, sin semiólogos de intendencia, La Posta XXX salió del aire"

Dardos, físicos dardos clavados sobre una diana, probablemente no se vieron nunca en las sabatinas de Rafael Correa. Pero víctimas sí que había. Y sus fotos eran exhibidas sin pudor a los ultrajes de una multitud que había sido preparada, con las herramientas retóricas y técnicas del odio y la calumnia, para el linchamiento enardecido. En las sabatinas, haciendo uso de todos los recursos de producción audiovisual de que dispone el Estado, el presidente de la República insultaba, difamaba, mentía, caricaturizaba, retaba a puñetes, cambiaba biografías a su antojo, destruía imágenes y personas. Luego pedía a los guerreros digitales (ordenaba, más bien, pues eran sus asalariados) que hicieran su parte. Señalaba los objetivos militares de su guerra de la comunicación, que era una guerra de insidia, y los guerreros digitales cumplían su obligación con creces. Publicaban, por ejemplo, la dirección de la víctima, las fotos de su casa, su número de teléfono... Así, semana tras semana durante 520 sábados.

Cuántos de los que hoy se escandalizan ante el grotesco espectáculo de La Posta en TC Televisión, los que hablan de “discurso de odio” y piden la intervención de la Justicia, los que gritan “racismo” y exigen el regreso de una ley de comunicación punitiva, los que se sienten heridos en lo más íntimo de su pudor por la telebasura, aquellos que integran, en fin, la primera línea de la reacción moralista de la patria, curuchupas de a perro travestidos en revolucionarios, cuántos de ellos guardaron prudente (y en ocasiones rentable) silencio durante diez años. Más aún: cuántos de ellos colaboraron activamente con el espectáculo de degradación sabatina o continúan apoyando hasta el día de hoy a su perpetrador. La periodista que trabaja en el programa de radio del dueño del partido político que alquila u ocupa el expresidente prófugo, un lugar perfecto desde el cual impartir lecciones de periodismo, sin duda; el semiólogo de intendencia que proveyó de insumos teóricos a los perros bravos que perseguían periodistas críticos y que hoy pide un “correlato normativo para ponerle tope” a lo que considera mal periodismo; los defensores de los derechos humanos que ya comprometieron su credibilidad y su causa poniéndola al servicio de los violentos en octubre de 2019… ¡Cuánta autoridad moral tienen los moralistas!

“Correlato normativo para ponerle tope”. Así hablan los reyes del eufemismo. Lo bueno es que el libreto se les cayó al suelo. Ocurre que el programa La Posta XXX salió del aire tras su primer y horrendo paso en falso. Había sido diseñado, al parecer, para bajar el debate público a niveles cloacales. Con todo el derecho del mundo, hay que decirlo, porque si la libertad de expresión no ampara los discursos que no nos gustan, entonces no sirve para nada. Pero este discurso en particular fue un fracaso. Y no va más. Sin ley de comunicación alguna. Sin juicios penales ni abogados. Sin perros bravos. Sin semiólogos de intendencia cobrando un sueldo de plata pública para parir informes farragosos donde los presos se llaman PPL; los ancianos, adultos mayores; y las leyes, correlatos normativos. No hizo falta nada de eso. Nomás un buen termómetro, para medir la temperatura del público. Y autorregulación, que como quedó demostrado, sí funciona.