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Ricardo Arques: La guerra de casa

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Ante la amenaza de equivocarnos resulta indispensable refugiarse en la buena información, es decir, en el buen periodismo, para que nadie nos engañe

Era necesario que Ecuador declarara la guerra al narco, con la ley y con las armas, para poner en blanco y negro quiénes son los buenos y dónde están los malos en esta batalla. Hay datos para observar con profunda preocupación, sin embargo, al margen de las estadísticas que van dando cuenta de las conquistas y bajas en los partes de guerra. Casi el 82 % de las informaciones que circularon por redes sociales en los primeros días del conflicto eran falsas o fueron construidas con elementos falsos; día a día proliferan para el consumo digital videos violentos de dudosa moral y cuestionable legalidad. La desinformación, una de cuyas vertientes es sobresaturar la información para confundir, es un elemento probado en las tácticas de guerra. A Rusia se le ha acusado de desestabilizar Europa y el orden Occidental con noticias falsas. Sucede igual en el conflicto de Oriente Próximo entre judíos y palestinos, y lo mismo ocurre en todas las confrontaciones del mundo de proyección mediática.

La desinformación es parte sustancial de la 'ciberguerra', esta nueva modalidad de guerra surgida en nuestra era digital. La manipulación de imágenes y de noticias se ha instalado entre nosotros en la estrategia de confrontación. Enfrentamos un enemigo invisible en la lucha contra el narco-Estado que pone en juego la opinión pública, o sea, la potestad popular capital de aprobar o reprobar lo que se hace. Son innumerables los estudios sobre la opinión pública, como incontables los que pueden hacerse sobre su importancia determinante, pero todos confluirán en el mismo resultado: la sociedad bien informada avanza, la que no, retrocede. Ante la amenaza de equivocarnos resulta indispensable refugiarse en la buena información, es decir, en el buen periodismo, para que nadie nos engañe ni manipule. El periodismo no es solo un oficio de periodistas y un negocio de los medios de comunicación, es, ante todo, un patrimonio social cuya pureza hay que cuidar como un valor intangible. La sociedad debe velar por su derecho a recibir información de calidad y por atender a su obligación de distinguirla. Se extraña el tiempo en que nombrar a la prensa zanjaba debates por la referencia definitiva de su solvencia. Estamos ante un gran desafío como nación. La bendición digital y sus redes sociales, siempre a su libre albedrío, son armas de doble filo, buenas o letales según se usen y consuman. Hay que poner extremo cuidado en discernir qué encierran, porque esa guerra es particular, de casa, y ni el Gobierno, ni la Policía, ni el Ejército pueden ayudarnos a librarla.