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Ricardo Arques | España es un campo de minas

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La encrucijada que se avecina no es menor por sus desafíos imposibles...

Para elaborar el catálogo de las verdades hay que hacer primero un inventario de las mentiras. La protesta social en España por la amnistía a los protagonistas de sedición y malversación de fondos públicos en Cataluña no se nutre por adscripciones políticas, sino por un renacido sentimiento de dignidad nacional. Pedro Sánchez, reelegido presidente gracias a sus pactos con los nacionalismos antiespañoles ya tuvo el primer aviso en las últimas elecciones municipales, donde el Partido Popular, PP, viró el mapa político y arrasó con los gobiernos autonómicos y locales. Igual ocurrió en las pasadas generales, aunque la insuficiente mayoría del PP para aupar a su líder a la Presidencia atenuó con sordina el mensaje. De todo hay que extraer dos preguntas. Una: ¿qué ha sucedido para que en un país tan atípico como España, que no tiene letra en su himno nacional y donde exhibir la bandera aún tiene indeseables connotaciones ideológicas, rebrote este sentimiento? Dos: ¿Pedro Sánchez ha tomado nota de su real alcance? Ni la soterrada estrategia nacionalista en Euskadi y Cataluña de empoderar su identidad nacional niguneando la española, ni favoritismos inversionistas del Estado en ambas comunidades han supuesto problemas en el conjunto de España, cuyas regiones aceptaron en la Constitución, hace 45 años, distintos grados de autonomía en favor de la convivencia. La protesta de ahora, por tanto, no es contra los nacionalismos sino contra un presidente ambicioso, capaz de traicionar su palabra y de romper las reglas del juego. ¡No vale todo, Pedro Sánchez! es la advertencia que trasciende implícita de las protestas. La encrucijada que se avecina no es menor por sus desafíos imposibles: ¿cómo mantendrá la unidad de España con los nacionalismos radicales engrandecidos como nunca por su propia mano? ¿Cómo logrará que las expresiones nacionalistas más moderadas no se sumen al auge radical que él ha alimentado? ¿Cómo frenará brotes violentos de ultraderecha que empiezan a surgir por el principio de acción y reacción? ¿Cómo garantizará la convivencia entre españoles y nacionalistas radicales donde comparten territorio? Sánchez y su aparato repiten y repiten la misma justificación a su atropello constitucional: “Hay que frenar a la ultraderecha retrógrada”, dicen. Llamativa coincidencia: el general Franco, demonizado por ultraderechista y tirano, también justificó su dictadura atribuyéndose el papel de “guardián de Occidente” ante el avance del comunismo por el mundo.